El coleccionista

Hablando del Orinoco


Cuando tenía cinco años mi papá decidió que podía elegir lo que quisiera por mi cumpleaños número seis. Yo la tenía clara, así que partí con él al Scala gigante para comprar el vinilo de los cuatro tipos con maquillaje que salían a cada rato en Disco Club. Cuando regresé a casa y puse a todo volumen mi nueva adquisición mi mamá pensó que Satanás estaba conmigo, pero en realidad era el disco Dynasty de Kiss. Claro, Kiss tiene mejores discos pero elegí ese porque no conocía el nombre del grupo que interpretaba la canción tan extraña con el video de los martillos.

Y ahí empezó la debacle. No recuerdo que en algún momento de mi vida me haya interesado comprar ropa, una bicicleta, una pelota, un auto o cualquier cosa normal en la vida de un ser humano. Yo quería –y quiero– los discos de mis grupos favoritos (que cada vez son más). Y no quiero uno: los quiero todos. El dinero que recibía como propina terminaba en alguna tienda de discos del Jirón de la Unión mientras yo volvía a casa con una pila de vinilos y una sonrisa de oreja a oreja. Con mi primer sueldo compré mi primer CD: el Zooropa de U2. No tenía cómo escucharlo en casa pero eso era lo de menos. Lo que importaba era tenerlo, tocarlo, olerlo. Era my precious.

Cuando tienes 15 años y eres un tipo anclado a estas manías la pagas caro: prefieres quedarte en casa con tu música, tus libros y tus películas antes que bailar las canciones de moda en alguna fiesta aburrida. Recién en la universidad encuentras tipos tan freaks como tú que serán tus amigos para toda la vida. Y se reunirán entre 10 para comprar el CD original de Spinetta que cuesta 50 dólares y que pasará de mano en mano con el fin de ser pirateado y escuchado. Porque todos somos hermanos en el vicio.

En esas épocas el coleccionismo era un arte y el coleccionista un arqueólogo, un conocedor, un fanático, un tipo en permanente búsqueda y en estado de gracia porque su labor es santa, inmaculada e inacabable… Hasta que apareció el Internet.

En la red encontramos todo sin realizar esfuerzo. Acumulamos y eso es aburrido. No hay sorpresa ni novedad. Ese VHS raro que mostrabas a los amigos y no prestabas hasta que te hubieras empachado, ahora puede ser descargado en tres minutos. Y así no hay gracia.

Se ha perdido el cariño por lo material. Todo es bits y bytes. La nube es la gran salvadora del conocimiento humano pero la virtualidad es el terreno de lo inexistente. Y a mí me gusta estar parado por horas frente a mis cuatro mil discos. No quiero estar viejito y decirle a mi heredero: “te entrego con cariño mi contraseña y mi password del dropbox y del Google Drive”. Me rehúso.

Afortunadamente los coleccionistas nos reconocemos. Basta una palabra, una sola mirada. No estamos solos en el mundo y conspiramos contra la dictadura de lo inasible. Como leí en un blog: “Los coleccionistas somos gente extraña que vive en un mundo apartado (…) Por eso no hay quien nos aguante y, por lo general, vivimos solos, al cuidado de nuestras colecciones, que miramos y toqueteamos una y otra vez para asegurarnos de que todo sigue estando en su lugar”.

Somos monjes de una orden milenaria. Ten cuidado, chico virtual.

© Apéndice de Bork. 2014

6 thoughts on “El coleccionista

  1. Completamente de acuerdo. Yo tengo como 700 libros en mi kindle, y por decadencia informática, cuando los reviso no veo el número de páginas que tienen cada uno, sino cuantos kb pesan. Los tengo ahí, enlatados, subjetivos, abstractos, paseando por el limbo adimensional de mi dispositivo electrónico. Me los bajo, los puedo leer cuando quiero, los evoco, los pienso, les tengo un cierto sentido de pertenencia pero a la vez también otro cierto sentido de no pertenencia pues no los puedo tocar. No estan físicamente en algún lado donde los pueda ver y, embelezado por la seducción de su imagen, se me antoje usarlos. Cuando veo a la venta un libro físico de algún título que ya poseo en formato digital, me lo compro de todas maneras (así lo haya leido). Lo físico despierta tus sentidos, provoca tu interés. Creo por ese lado que las páginas nunca le ganarán a los kb.

  2. Eres un grande Pita, seré tu fan de aquí a la eternidad. Me quedo con esa frase, porque tiene una promesa de un pequeño Pita: “No quiero estar viejito y decirle a mi heredero: “te entrego con cariño mi contraseña y mi password del dropbox y del Google Drive”. Me rehúso.”

  3. “Mirar y toquetear de vez en cuando”, sí, por más raro que parezca, eso es lo que hacemos, nosotros los que convertimos a la colección en una parte de nosotros. Cuando salí por primera vez de tierras peruanas, temerariamente, acepté pisar Singapur (lugar que tuve que buscar en el mapamundi por que no tenía idea alguna de su ubicación). Apenas salí a ver tiendas, Oh no ! el paraiso para mi, tiendas llenas de papeles de de carta! con todas las decoraciones y perfumes habidos y por haber, estaba maravillada, creo que tenía la boca a abierta, solo atiné a coger un carrito y llenarlo de todo cuanto pude y es que en mi casa solo tenía mi viejo folder abarrotado de los papeles de carta que colecciono ( blocks, sobres, notitas) desde que era niña, pero que lamentáblemente , por escasos recursos, tuve que abandonar,Sin embargo, desde aquel viaje, mi colección aumentó y cada vez que viajo traigo más, de todos los lugares que visito, los ordeno,los limpio, los “toqueteo”. De manera que , después de leer tu artículo reafirmo ser completamente “extraña”.

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