La distancia adecuada

Hablando del Orinoco


No nos gusta tocarnos. Tampoco nos tenemos cariño. La evidencia que existe al respecto es irrefutable:

  1. Eres la única persona en un microbús vacío y sube un nuevo pasajero que se sienta a tu lado. Mientras lo miras de reojo con una expresión de incomodidad, miedo y asco en el rostro te preguntas: “¿Por qué junto a mí si el resto del bus está vacío?”. La respuesta solo tiene dos variantes: o es un ratero o es un violador.
  2. Te presentan por primera vez a una persona del sexo opuesto y guardas prudente distancia. El acercamiento para el beso de cortesía en la mejilla dura escasos nanosegundos. La prolongación de ese momento implica un excedente de hormonas revueltas que todos verán con aire reprobatorio. Si de dos hombres se trata, la cosa se complica porque ni siquiera puedes darle un beso en el cachete a tu camarada como sucede en otros países (Argentina, sin ir muy lejos).
  3. Vas a una entrevista de trabajo. El apretón de manos inicial implica un breve contacto que demuestra quién tiene el poder. El escritorio que separa a ambos interlocutores no solo es un recurso intimidatorio sino que, además, es símbolo ineludible de que uno está ahí de paso y por escasos minutos.
  4. Acudes a una bodega y la persona que atiende se muestra tan amable y sonriente que te sientes en la dimensión desconocida. Porque nadie puede ser tan amable cuando lo único que quieres es un paquete de galletas y el vuelto exacto. Si te preguntan cómo estás pasando el día lanzas una media sonrisa, una respuesta apresurada, un “gracias” entre dientes y sales disparado de ese Edén artificioso.

En el terreno de lo físico los limeños somos personas distantes, desconfiadas y recelosas por salvaguardar nuestro “espacio mínimo vital”. Pero algunas evidencias demuestran que estamos más allá de eso.

Por ejemplo, la calle que me separa del supermercado no tiene semáforos. Cuando debo ir hacia allá en plena hora punta, hago malabares para pasar en medio de los autos que combaten a bocinazos la inmovilidad. Mi único propósito es cruzar hacia la otra acera, pero el auto me cierra el paso acercándose más al vehículo que tiene delante. Por lo menos tiene la consideración de dejarme dos milímetros para que mi humanidad pase por delante de su parachoques, pero es poco lo que puedo hacer al respecto. El que está detrás lo imita, acorta la distancia y se acerca. Y de pronto es como si todos los autos se besaran, entrechocaran, se abrazaran y danzaran en un ritual orgiástico de metal y carrocería.

Marshall McLuhan señaló en su momento que los medios tecnológicos son extensiones del hombre pero, una vez más, todos lo malinterpretaron. Las verdaderas extensiones del ser humano son los automóviles, no los teléfonos celulares. Cuando alguien maneja ya no necesita respetar protocolos, proteger decencias o preocuparse de cercanías prohibitivas. Las personas quieren besarte con sus carros, apachurrarte a más no poder, brindarte el cariño que te falta en casa, darte la mano y abrazarte como el más querido de tus amigos. Por eso cierran el paso, doblan cuando no deben, se zurran en la luz roja e invaden el paso peatonal.

Los limeños hemos superado la corporalidad para dar un paso más allá en la evolución de lo humano. Hemos trastocado la carne en metal. Eso no ocurre ni en los sueños cyberpunk más delirantes de Shinya Tsukamoto. En serio.

© Apéndice de Bork. 2014

4 thoughts on “La distancia adecuada

  1. La distancia adecuada… de la ¿realidad? La proxémica real en las relaciones pareciera ser más inhibida que esa suerte de proxémica tecnológica mencionada en el texto. Esta última tal vez, menos hipócrita (y por ello el cruzarnos y el tráfico…) que la primera, plagada de protocolos. Esta prolongación de las personas como se plantea, es algo muy parecido a pensar que cada vez que cogemos el volante -en el mundo real-, rige la lógica del play station, del todos contra todos o del todos para uno.

    • En efecto: nos inhibimos en el cara a cara, pero el anonimato de la tecnología -o de la extensión metálica en el caso de los automóviles- permiten un acercamiento pernicioso y hasta invasivo que jamás permitiríamos en el mundo de lo real. Gracias por compartir.

  2. Jajajaja. Me hiciste recordar a Martín Adán y sus poemas underwood: “Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza. Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y tu sonrisa para después de la cena”. Quizá tú no tuviste tu aventura, pero tuviste tu artículo.

    • ¡Lindo poema! No lo conocía.
      Pues cruzar la avenida siempre es una aventura en estos tiempos de prisas y de acortamiento de las distancias de nuestras prótesis extensivas.

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