Cómo te odio… Winnie Cooper

Todo tiempo pasado fue mejor


Esta semana me topé con una noticia: se reunió todo el elenco de Los años maravillosos (The wonders years). La excusa del arrejunte fue anunciar el lanzamiento del DVD de la serie completa (sí, en DVD recién, alucinen) tras muchos años de luchar con el copyright por la excelente banda sonora de los capítulos. No me llamó mucho la atención el lanzamiento en sí, pues casi todos los episodios que se transmitieron en Perú están en Youtube, pero sí las reacciones que generaron en mis amigos el recordar lo que significó esta serie de inicios de los noventa en nuestras vidas.

Recuerdo que terminaba rápido mi tarea (a veces ni la hacía) por ver a las 7 pm, vía Panamericana Televisión, estas historias primero infantiles y luego adolescentes, con temas diversos como la familia, los hermanos mayores, la amistad y sobre todo el “primer amor”. Ese amor de barrio o de colegio, el que sientes por las chicas que ves todos los días y que finalmente marcan tu primera aproximación hacía esa cosa rara que todos llaman amor.

Sin embargo, no fue hasta el fatídico capítulo 57, en el que al pobre Kevin Arnold le rompen el corazón, que comprendí que esos primeros amores te pueden marcar toda una vida. Puedes terminar, literalmente, decepcionado de eso que llaman “enamorarse” si alguien decide jugar con tu corazón esa primera vez. Otra cosa que comprendí luego de ese capítulo es que algunas mujeres pueden ser criaturas muy crueles y despiadadas, sobre todo cuando eres el que decide ilusionarse más de la cuenta en la relación. Yo confieso que aquella primera vez lloré como Kevin y una parte de mi dejó de ser la misma.

La pregunta que me hago es: ¿cómo una simple serie de televisión gringa pudo conectar conmigo y lo que sentía a un nivel tan profundo? Considero que no es fácil llegar a ese nivel de vínculo con un público tan distinto al que tienes pensado cuando escribes la serie. ¿Qué tienen en común un adolescente sanmiguelino con uno que vive en un suburbio norteamericano? Pues nada y todo a la vez. Acá conviene hablar de la universalidad de algunos sentimientos, emociones y de la cultura en general, que nos permiten a nosotros, como comunicadores, desarrollar historias locales con conflictos globales, con temas que se conectan, no ahora, sino siempre, con lo más profundo del ser humano. Por eso, cuando algo está bien escrito, no importa en qué idioma lo esté porque siempre se dejará leer.

Ahora, luego de muchos años y experiencias de vida encima, estoy seguro que desencantarse de ese primer amor está bien porque nos ayuda a madurar. Todo es parte de un aprendizaje necesario con respecto a la vida misma. Así que ya saben: si lloraron esa vez (todos lo hicimos) aquí y allá, es que estaba fríamente calculado. Y si también tuvieron su Winnie Cooper siempre piensen que al final del camino pueden encontrar una Madeleine, con la cual desquitarse.

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