Reencarnado en Drácula

Hablando del Orinoco


Cuando llegue a viejo quiero ser como Christopher Lee. El conde Drácula reencarnado, engarzado en los cuellos de rubias de turgentes proporciones. La inyección oportuna de libertinaje technicolor en un mar de sangre. Quiero esa voz penetrante, densa y oscura que reemplace este tono barítono que parece estancado en la adolescencia y los 30 centímetros adicionales de estatura que me hagan salir de la medianía del peruano promedio (aunque paseo con orgullo mi 1.65 metros por las calles limeñas). Pero, sobre todas las cosas, quiero ser Christopher Lee porque se ha dado el lujo de celebrar su cumpleaños número 92 lanzando un nuevo disco de heavy metal.

Que el príncipe de las tinieblas se declare fanático de un estilo musical que suele asociarse con lo siniestro y lo demoníaco es la evidencia de algo que defiendo: que el campo de experiencia de un individuo determina su posterior predilección. Si alguien baila salsa demasiado bien, ondea el cuerpo por doquier y realiza maromas sobre la pista, es porque en casa creció con esa música. Pero a mí no me interesa el cimbreante estallido de las caderas. Prefiero el embrujo de una cabeza agitándose en reacomodo neuronal (lo que deja una sensación de mareo triunfal) o el ritual del golpe amable en un pogo colectivo. Porque en mi casa no tuve la suerte de crecer bajo el sa-sa-sa sino que fui sometido al aullido de los violines y al crescendo de las orquestas. Porque en mi casa tuve a la mano discos de música clásica. Gracias, papá.

Mi primer recuerdo musical no puede ser más metalero: a los tres años escuchaba La danza macabra, de Camille Saint-Saëns. Allí, en la oscuridad de la noche, aguardaba el tañido de las doce campanadas anunciando que la Muerte pasea entre las tumbas, convocando a los cadáveres con una melodía de violín que calaba los huesos y erizaba cada vello que en ese momento yo no tenía porque era muy chiquito. De ahí a Iron Maiden, con su galopante marcialidad, preciosismo técnico, diálogo a dos guitarras y clima épico, solo hay un paso lógico.

Por eso la noticia emociona. Y si a eso le sumamos que, tras el olvido y la ignominia de los ochentas y noventas, sir Christopher Lee volvió a lo grande con su interpretación de Saruman el blanco en la trilogía de El señor de los anillos y del conde Dooku en la irregular precuela de La guerra de las galaxias, entonces la admiración es absoluta. Es, pues, como el vampiro: renace de las cenizas con un conjuro mágico, tiene tratativas con el lado oscuro y se divierte a sus anchas.

Hace algún tiempo un grupo de amigos de la universidad y yo tuvimos un espacio en la radio. Nuestro director, uno de mis grandes maestros, era algo mayor en edad pero todavía irradia juventud e inconformismo. En uno de esos momentos de lucidez etílica tras la emisión del programa, un integrante del equipo le preguntó: “Paul, ¿por qué pierdes el tiempo con un grupo de chibolos como nosotros?”. Tras soltar una carcajada de condescendencia merecida, y con el tono de sabiduría que solo adquieren quienes han vivido lo suficiente, respondió: “¿Es que no se han dado cuenta? Soy un vampiro. Yo no les enseño nada. Al contrario: les succiono la sangre y todo lo que saben, tontos”. Por eso soy profesor. Porque quiero ser como Christopher Lee.

© Apéndice de Bork. 2014

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