Yo La Tengo, tú no

Hablando del Orinoco


Odio bailar. Odio muchas cosas en la vida, pero en particular detesto saltar y moverme como un zonzo. Los hombres no bailan, los metaleros no bailan y los profesores no bailan. Como la genética me hizo hombre, el destino me hizo metalero y la vocación me hizo profesor entonces niego tres veces la danza de los cuerpos. Pero el martes por la noche he bailado hasta el delirio y he cantado hasta destruir mis cuerdas vocales. Porque el martes viví el mejor concierto de mi vida. El martes tocó Yo La Tengo.

Poco me importó llegar a las 8.00 de la noche y esperar al inicio de una cola eterna que se prolongó por tres horas debido a que, en palabras de los organizadores, los “amigos de aduanas” retuvieron los equipos (el viejo truco). Y qué si la intemperie originó temores de resfrío. Para qué enojarse por el lugar abarrotado por personas que, en el mejor de los casos, han escuchado cuatro discos del trío de Hoboken o un setlist en MP3. No me molesté por lo malo del sonido y el bla-bla-bla constante de quienes van a los conciertos para socializar, en lugar de formar parte del ritual del silencio y la contemplación en los momentos acústicos. Yo no escuché a nadie. Porque Ira, Georgia y James tocaban para mí, como sucede cada vez que los tengo en la intimidad de mi cuarto, en la soledad de los audífonos, en la redacción de este texto.

¿Cómo es posible que una banda, cualquiera, se fusione tanto con uno? ¿Hay explicación para que después del concierto encuentre a mis amigos borrachos, extasiados y agradecidos por la experiencia vivida, clamando a los cuatro vientos entre abrazos y sollozos: “¡tocaron todos los “hits”, viejo!”, “¡no volveré a ser el mismo!”, “¡mi vida tiene sentido!”? Esa es la diferencia entre quienes viven la música y quienes solo la escuchan.

Verano de 1998. El departamento de un amigo en Miraflores. Entre cigarros y latas de cerveza se conversa sobre lo que verdaderamente importa en la vida: el arte y las mujeres. El descubrimiento de la obra de Nick Hornby, las películas de David Lynch, la nostalgia por el shoegazing. Y como fondo musical, el disco elegido por mi amigo para acompañar la velada. “¿Qué es eso, compadre?”, pregunté abrumado por la experiencia sonora. “El último CD de Yo La Tengo”. En ese momento recordé una reseña bastante positiva en la revista Freak out! Porque en 1998 el Internet estaba en pañales y si te gustaba la buena música no te quedaba otra que comprar revistas especializadas, tener amigos con gustos exquisitos y darte una vuelta por Galerías Brasil. Y la música se sucedía: el intro etéreo de Return to hot chicken, la cadencia drone de Moby octopad, la perfección de Sugarcube, la suavidad de Damage y el ruidismo de Deeper into movies. ¡Y todo este viaje con la misma banda!

Desde ahí nada volvió a ser lo mismo. El grupo siempre me acompaña en cada travesía que hago (viaje, trabajo, proyecto, estudio, vida en pareja). Es como el amigo que te regala una sonrisa a cada momento sin que se lo pidas. Por eso, aquí y ahora, declaro públicamente mi devoción máxima por este trío conformado por una pareja de esposos y el amigo de ambos. Si la historia misma de Yo La Tengo no es linda (no hay mejor palabra que esta), entonces la belleza no existe en este planeta. Sorry, U2.

© Apéndice de Bork. 2014

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