De vuelta al barrio

Todo tiempo pasado fue mejor


Un alumno mío alguna vez posteó esta frase en su muro de Facebook: “Uno se puede ir del barrio, pero el barrio nunca se irá de uno”. No sé si es suya o la leyó en alguna parte. Al final no interesa mucho. La cuestión es que es una frase que me gusta mucho. Siempre la recuerdo, sobre todo cuando pienso en mi barrio, en mi San Miguel querido.

Tu barrio son esas cuadras de las que te conoces de memoria las casas y los vecinos. Es, sobre todo, el lugar donde creciste, donde hiciste tus primeros amigos, donde jugaste pelota y carnavales, donde te peleaste por primera vez y, sobre todo, donde aprendiste el significado de palabras como amistad, lealtad, traición y sobre todo amor. Palabras de las que tal vez no tenías conciencia de su existencia, pero que poco a poco forjaban tu carácter y moldeaban tu personalidad.

Cuando eres un niño tu barrio es el mundo, es tu pequeño microcosmos y no es hasta que sales de él que te das cuenta de que existen otros barrios, otros mundos, pero siempre regresas al tuyo, al que conoces, al que ves a diario. Lo alucinante de esto es que cuando estamos en el trabajo de crear historias y buscamos ideas o referentes de personajes, casi siempre regresamos a eso que vivimos por primera vez, esas situaciones que crearon nuestro pequeño universo real y fantástico. El barrio es, al fin y al cabo, nuestro primer modelo de lo que es y debe ser la vida.

En el cine existen muchos ejemplos de directores que convierten sus barrios natales en espacios ficcionados recurrentes en sus historias. Ahí está Martin Scorsese, quien tiene a Queens y Brooklyn (barrios donde nació y creció) locaciones para las mejores de sus historias. Películas como Taxi driver, Goodfellas y sobre todo Mean streets, en las que los personajes y tramas giran en torno a lo que él vivió en la Little Italy de su juventud y en el que se desprende un profundo sentimiento sobre su barrio. Otro director parecido es Woody Allen. Películas como Manhattan evidencian que, aunque en un tono más íntimo, lo que vives donde creces marca tu forma de ver la vida.

Hace algunas semanas la profesora Vanessa Carrillo proponía en su columna semanal de #hablaProfe que nos fuéramos lejos. Excelente premisa para desaprender, como dice ella, experimentando en un nuevo entorno, con gente y costumbres nuevas. Estoy de acuerdo, pero también podemos y debemos hacer el ejercicio contrario: “irnos cerca” o, mejor dicho, viajar al interior no del Perú sino de nosotros mismos. Regresar a nuestras raíces, a lo que en esencia somos, a lo que hemos vivido, al barrio que llevamos dentro.

Del San Miguel en el que crecí, el de la Av. San Miguel, la calle Bertoloto y el Parque Media Luna, ya no queda nada. Las casas y quintas de mediados de los años 60 han sucumbido a edificios multifamiliares, pero en cada vuelta que de vez en cuando me doy por ahí me encuentro un poco a mí mismo, me reconozco en cada calle, en cada esquina y estoy seguro que alguna vez serán parte de esas historias que pienso contar. Finalmente somos nuestro barrio, somos el lugar en el que hemos crecido porque está en cada uno de nuestros recuerdos.

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