El globo de Betanzos

Hablando del Orinoco


Hace unos días estuve practicando mi deporte favorito: el zapping (es bueno para fortalecer las falanges del dedo gordo de la mano derecha). En medio de ese navegar catódico, aterricé en un programa de TVE que muestra las tradiciones de algunos pueblos de la madre patria. Asombrado por la torre humana de diez pisos de alto que arman en Cataluña, decidí quedarme un rato en este espacio televisivo que se mostraba interesante en medio de tanta ramplonería (Bruce Springsteen tiene razón: 57 canales y nada que ver). Y en ese momento me pareció escuchar en la voz del reportero algo que llamó profundamente mi atención.

“¿Me parece o ha mencionado algo de la familia Pita?”, le pregunté a mi esposa. Ella me miraba con cara de sorpresa porque había escuchado lo mismo que yo. La familia Pita de la zona de Betanzos, en La Coruña, organiza cada año una actividad en homenaje a San Roque: arman un globo elaborado con papeles que, una vez inflado gracias a las llamas vivas de un fuego ceremonial, se eleva con los escritos de lo que sucedió en el año y con los deseos para el que vendrá. El espectáculo es emocionante y el fracaso conduce a la vergüenza familiar y al anticipo de un año no tan generoso.

Si algo caracteriza a mi familia es que se trata de una entidad absolutamente nuclear: mi papá, mi mamá, mi hermano y yo. Los tíos, sobrinos, primos, sean de sangre o políticos, tienen una participación nula en mi vida. Por supuesto tengo un cariño considerable a mi familia extensiva, pero los veo muy poco. Cuando era chiquito casi nunca participé en los cumpleaños, fiestas, celebraciones o desgracias. Y ahora que soy grande eso no ha cambiado mucho. Calculo que mis papás, sabedores de ese talante antisocial que siempre ha signado a la familia, hicieron poco para lograr que me convierta en un ente normal (lo que agradezco en demasía). Para tal caso, mi familia también son mis amigos y amigas, mis colegas del trabajo y la compañera que he elegido para que sea parte de mis locuras (hablo de mi esposa, por si acaso).

Lo curioso es que a pesar de este desarraigo consciente, algo en la historia del globo de Betanzos hizo renacer en mí el orgullo de los Pita, un apellido que no es muy común por estos lares. Es tierno ver cómo la familia se manda a la porra porque hay retraso en los preparativos o porque no atan de manera adecuada los cordeles que sujetan el globo. Todos allí reunidos en pos de una misión que tiene una alta cuota de locura, únicamente porque hace 139 años a un tal Claudino Pita se le ocurrió elevar un globo de papel a los cielos para homenajear al patrón. Qué belleza más irracional. Yo sí podría estar en este sitio en compañía de la familia, sobre todo porque no es la horrorosa fiesta de cumpleaños a la que me obligaban a ir y que terminaba con mi tía jaloneándome del brazo para que bailara con sabe dios qué prima de la que no recuerdo ni el nombre ni el aspecto.

Cuando le conté a mi papá sobre este tema, sacó a relucir el árbol genealógico y el escudo de la familia. Bueno, tampoco era para tanto. Lo que sí tengo claro es que algún 16 de agosto pasearé mi humanidad por Betanzos, sudaré la gota gorda junto con 200 miembros de la familia Pita y sonreiré ante el vuelo de una hoja de papel con algún mensaje que llegará a las manos de los ángeles en el cielo. Claro, si es que no llueve.

© Apéndice de Bork. 2014

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