Con che de Chespirito

Todo tiempo pasado fue mejor


La semana pasada, exactamente el 20 de Junio, se cumplieron 43 años de la emisión del primer capítulo del Chavo del Ocho, el programa “número uno de la televisión humorística” y el de más éxito y fama de ese gran genio popular que es Roberto Gómez Bolaños, el querido “Chespirito”.

Recuerdo que la primera vez que me topé con un capítulo del Chavo fue cuando tuve cinco años, era 1983 y tenía en la cocina de mi casa un televisor en blanco y negro. Lo veía durante el lonche, así que todas las veces que ese niño con cara de adulto (cuando hizo el personaje rondaba los 40) mencionaba las condenadas “tortas de jamón”, yo me hacía una con pan francés y jamonada. También recuerdo que me hacía gracia ver a un montón de gente disfrazada de niños, cuando evidentemente eran adultos (era niño, no tonto). Recuerdo, además, que lo que más me causaba risa eran los diálogos y las palabras de los personajes, algunas curiosidades lingüísticas que repetía hasta el hartazgo en casa y en el colegio.

Y no es casualidad que la pluma de Chespirito haya escogido la letra CH como la más usada para nombrar personajes, objetos y en general muchas cosas en sus mundos de ficción. Es algo que comenzó de manera casual, como alguna vez dijo, pero que luego le pareció simpático y lo usó como excusa creativa. Ahí tenemos al Chavo del Ocho, al Chapulín Colorado, al Dr. Chapatín, Chompiras, Chaparrón y el Chanfle como ejemplos del uso creativo de la tan sonora y chévere letra “ch”.  Además, pareciera que lo hubiera hecho “sin querer queriendo” pero al resaltarla rescataba también una letra que, aunque la RAE haya decidido excluirla del alfabeto, seguirá siempre en nuestro imaginario y presente verbal por los siglos de los siglos. La gente seguirá diciendo “chicharra paralizadora”, “chipote chillón”, “chichicuelote”, “chimoltrufia”, “pastilla de chiquitolina” y demás placeres verbales. Además la ha perpetuado por siempre en el pecho de mi héroe de acción favorito, ese que es más fresco que una lechuga y cuyo escudo es un corazón, ese que siempre quise llamar cuando me preguntaba: “¿Y ahora quién podrá defendernos?”.

Aunque al pobre Chespirito siempre le achacaron el uso de la violencia en sus personajes y lo chabacano de su humor, no creo que exista generación más noble y pacífica que la que creció viendo los coscorrones que le daba Ron Damón al Chavo, ni las cachetadas que recibía Monchito de Doña Florinda. Ahora me parece alucinante que con la cantidad de violencia visual actual, las nuevas generaciones sigan viendo, riendo y disfrutando de estos programas. El otro día le leía a mi hijo menor El diario del Chavo del Ocho, y aunque no todo era risa se llegó a conectar con el personaje de una manera alucinante, tanto que ahora lo ve por internet. Ahora podemos ver juntos tantos momentos memorables del Chavito. Misión cumplida como padre.

Resumir lo que significa este señor para mi nostalgia personal es una tarea imposible, así que por eso solo me queda agradecerle. Gracias, Chespirito. No sé qué hubiera sido mi infancia sin ti, qué hubiera sido de mi risa espontánea y más visceral, de esa que no sabes por qué te ríes pero lo haces, de las más básicas de todas, de las mejores. Gracias por crear personajes tan entrañables y también por crear probablemente los dos momentos más tristes que recuerde de la televisión como este y este otro. Por eso, por favor, no te vayas nunca Chavo.

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