Tupananchiskama

Hablando del Orinoco


La despedida es una imposición que hemos heredado del Viejo Mundo. El decir “adiós” o “chau” marca un fin, un punto y aparte. Sin querer (o queriendo), esa diminuta partícula léxica genera un sentimiento de imposibilidad frente a la continuación, una ruptura del devenir, el bache supremo en la carretera de la comunión con el otro y del compartir. El tiempo, ese enemigo que dura 24 horas al día, desenvaina su sable y marca la Z del zorro en el pecho de los interlocutores (o la F de fin, que es también la letra de fatalidad, frivolidad, frialdad y Facebook feo). La prueba de esta laceración inhumana es que nuestros antepasados no conocieron esta forma de culminar una conversación.

Hace unas semanas viajé al Cusco para codirigir un taller en el que participaron profesionales vinculados con el quehacer radial. En el trayecto, uno de mis compañeros de trabajo comentó que las personas que hablan quechua en la zona se despiden entre ellos utilizando el vocablo Tupananchiskama. “Qué palabra tan larga para decirse adiós”, reflexioné en voz alta. Sin embargo, no existe traducción castellana para esta voz quechua. Si quisiéramos intentar alguna interpretación, lo más cercano sería significarla como “hasta volvernos a encontrar”.

Y es aquí donde queda demostrada la grandeza de la cultura Inca, la que ya no solo radica en su soberbia arquitectura, en su ejemplar organización y en su rica tradición, sino también en su temperamento amigable, en la bondad inherente de sus gentes. Porque lo que está detrás del significado de Tupananchiskama es la promesa de un nuevo encuentro, una continuación, un prolongar la comunicación sin establecer un final. De pronto, al escuchar estas palabras que brotan y culminan en una sonrisa, uno se siente bienvenido y biensalido (si es que cabe el neologismo) ya que no hay hipocresía de por medio porque, simple y llanamente, los buenos modales y los formalismos no tienen cabida en una sociedad tan avanzada como la quechua.

Pero como el sincretismo cultural es también un intercambio de modos y un proceso de adaptación, nosotros hemos inventado formas cínicas que disfrazan la herida mortal en el hilo conductor del encuentro, máscaras que en su formalismo no son más que señuelos del abandono, de la orfandad de las palabras dichas cara a cara. En esos disforzados “hasta luego” o “nos vemos” se esconden fórmulas para salir del paso que son expresadas de manera apurada, con movimientos corporales que delatan nuestra intención de estar en otro lugar y en otro momento, que evidencian el cansancio hacia lo dialógico, la monotonía del encuentro. Una flexión en la pierna que marca el inicio de un paso de alejamiento, la mirada perdida en la nada que da a entender que nuestra mente está ocupada en otros asuntos, la sonrisa de rigor para no mostrar el cansancio hacia el otro, el apretón de manos apurado para mostrar que, después de todo, somos civilizados en nuestra inhumanidad.

Las despedidas son tristes únicamente para quienes somos herederos del proceso de mestizaje. Los habitantes de nuestro Perú profundo no creen en la tristeza porque para ellos nunca existieron los finales. Sana envidia la que me corroe.

© Apéndice de Bork. 2014

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s