Te digo qué se siente

Tinta verde


Lunes 14 de julio de 2014. 10:00 am. Río de Janeiro: un cementerio argentino. Malcolm Gladwell tiene una teoría que habla sobre “la felicidad del tercero”: a una persona le hace más feliz (químicocerebralmente) quedar tercero que quedar segundo en una competencia. La razón es casi tan evidente como absurda, pero seguro todos lo hemos experimentado. Como cuando nos sacamos 19 en un examen.

Lo que se respira hoy en Río es ambiguo. Gente triste (muy triste) y gente contenta. Todos con resaca. La playa repleta pero sin bulla, como si no hubiera nadie. Como si (de hecho es) todos (90% argentinos) estuvieran matando el tiempo antes de tener que ir al aeropuerto. Como si venir no hubiera valido la pena. Así son los gauchos: pesados, sobrados (lo escuché de ellos mismos ayer) pero también muy pasionales y entregados. Ya quisiera yo estar en sus zapatos, así de triste y muerto como ellos porque mi selección quedó segunda.

Si Argentina y Holanda intercambiasen de situación, hoy Río sería una fiesta gaucha. Los argentinos (es lo que percibo aquí) no vinieron tanto a ganar la Copa del Mundo, sino a ganarle a Brasil en su casa. Quizás ahí estuvo el error. Concentrarse más en hacer sentir a Brasil como hijos (“decime qué se siente…”) y pensar todo el tiempo en ganar una copa EN Brasil (a Brasil) más que en campeonar realmente. Y la rivalidad es mutua. Pese a la humillante e histórica goleada (¿ya vieron los récords?) ayer todo Brasil alentaba a Alemania. No porque creían que Alemania merecía más la copa que Argentina, tampoco porque simpatizaran particularmente con los bávaros. La única razón era evitar a toda costa que Argentina -su eterno rival- diera la vuelta olímpica en el Maracaná. Eso hubiera sido peor que el Maracanazo y el Mineirazo juntos. Sí. Eso hubiese sido más humillante que el 7-1 para los brachicos. Jamás habrían podido soportar ver a Argentina robarles la copa. Yo creía que los argentinos eran orgullosos en demasía, pero aquí me he dado cuenta que Brasil es igual o peor (hablo solo de fútbol; ojo, ambos son países hermosos y tienen gente ejemplar).

Hoy prácticamente todos los diarios deportivos de Río anuncian no la victoria alemana, sino la derrota gaucha. Esta ha sido una pequeña alegría para Brasil luego de sus dos últimas bochornosas presentaciones. Saber que Argentina no campeonó ha hecho que ya no les importe tanto que ellos tampoco. Casi casi como si ellos estuvieran (similar a los gauchos) jugando la copa no tanto para campeonar sino para que Argentina no campeone en la tierra del fútbol. Eso me sorprendió mucho. No lo esperaba. Así como tampoco esperaba ver cómo los hinchas brasileños cantaban “olé, olé” y celebraran los goles tanto de Alemania como de Holanda cuando el resultado ya iba por encima de 2 en su contra. Me recordó una de las primeras veces que fui al estadio a ver a Perú. Eran las eliminatorias para el Mundial de 1994 y Bolivia nos iba ganando 0-2 en Lima. El público se cambió de bando y empezó a alentar a Bolivia a manera de protesta ante el mal juego peruano. Yo era niño y no entendía el por qué. Para mí fue como presenciar una traición a la patria. Y ver eso mismo aquí en Brasil fue duro. Me dio pena y hasta vergüenza ajena. Pero bueno, así es el fútbol de pasional e irracional. Como un matrimonio irremediable e interminable. Y como dijo el gran Eduardo Galeano: “el fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Nos vemos en Rusia.

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