La puerta del diablo

Hablando del Orinoco


¡Ah, Turquía! País maravilloso y lleno de contrastes. Cuna de Orhan Pamuk, enclave geopolítico del imperio otomano, nación dividida por la situación política, con las almas árabe y musulmana reflejadas en los cánticos, en las llamadas a la oración del mediodía, en las burkas que lucen con comodidad mujeres ataviadas con joyería y carteras Carolina Herrera, en convivencia con los shorts apretados de corredoras citadinas de rubia melena. Y las mezquitas imperecederas, sobrevivientes de siglos, en las que cada piedra parece contar una historia escrita con sangre, con sacrificio, con un sentido de patriotismo que se edifica sobre la ruptura. Sí, Turquía es magia, pero cuando yo tuve la oportunidad de visitar este país hace pocos años lo único que me interesaba era el día y medio que iba a pasar en Madrid como escala antes de volver a Lima.

Tras dos días de una asamblea que reunió a investigadores de medio mundo en la ciudad de Estambul, el fin de la jornada consistió en una visita nocturna a un restaurante típico a orillas del Bósforo. Allí, amenizando la reunión con cuanto vodka, mezcal, tequila, vino, cerveza, arak y raki soporte el organismo, soltaba una pregunta a mis interlocutores con mi inglés masticado o en un castellano que revelaba el dejo peruano: “¿Conoces Madrid?”. “¡Pues claro!”, respondían muchos mientras inventariaban cada uno de los sitios que tenía que conocer: el museo Thyssen, el Prado, la puerta del Sol. “Sí, sí, todo muy bonito. Pero lo que yo quiero saber es cómo llego a las Torres KIO”.

Silencio absoluto en la mesa. Era mi primera vez en España y nadie podía entender por qué yo quería visitar un monumento financiero que es la loa absoluta al capitalismo, en lugar de embeber la cultura de la que fuera por años el epicentro europeo. Mi situación era parecida a la de un extranjero que, en primera visita a Lima, prefiriera conocer el edificio de Interbank antes que el centro histórico. O muriera por ver el Hilton en lugar de ir a Machu Picchu. Herejía que solo se lava con sangre… o con otra ronda de vino, por favor.

Tras la comilona, un paseo nocturno por la zona bohemia de la ciudad nos condujo a un bar de dudosa reputación. Allí, el editor del equipo latinoamericano –que es un español– se sentó a mi costado, me convidó una sonrisa cómplice, brindó con un generoso vaso de cerveza y me dijo: “Yo sé por qué quieres ir a las Torres KIO: quieres conocer dónde nace el Anticristo”. En ese momento solo quedaba brindar con el compinche encontrado, con el conocedor del secreto mejor guardado de la capital española quien me indicó cómo llegar.

Porque es cierto: en las Torres KIO, también conocidas como la Puerta de Europa, nació el Anticristo un 25 de diciembre de 1995. Un sacerdote en constante herejía, un metalero satánico con sobrepeso y un charlatán astrólogo fueron los encargados de dar muerte al hijo del diablo. Y esto sucede en la película El día de la bestia, del genial Álex de la Iglesia (aunque el adjetivo ingresa a revisión al enterarme que ha filmado el documental de Lionel Messi, una movida que parece el derrotero del dinero fácil y no el sello macabro del cineasta).

Sí: yo estuve parado en el lugar donde nació el Anticristo. Y sobreviví para contarlo.

© Apéndice de Bork. 2014

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s