El “perdido” arte de conversar cara a cara

Hector Mendoza


Uno de los temas más interesantes para reflexionar es la comunicación interpersonal. ¿Parece una broma? Quizá para muchos no exista nada para el análisis, pero las rutinas actuales nos pueden dar más de una sorpresa.

¿Cuántas veces el sonido de actualización de nuestras redes nos ha llevado a decir: “dame un momento” con la respectiva interrupción de la conversación? ¿Cuántas veces ya no sabemos qué decir y preferimos mirar nuestra pantallas celulares en vez de a nuestro interlocutor? ¿Cuántos detalles de la conversación hemos dejado pasar por alto porque ya no tomamos en cuenta posturas o tonos de voz? ¿Cuán empáticos hemos dejado de ser?

Esto no solo se puede apreciar en la conversación de parejas. Una imagen imborrable es la cena de una familia donde papá, mamá y una pareja de hijos estaban concentrados en sus celulares. El mozo se acercó, a duras penas balbucearon su orden y siguieron concentrados en sus redes sociales y/o juegos en línea. Quizá la conversación no es la más agradable, puede que nuestra pareja no tenga grandes historias o la charla sea aburrida (a veces pasa), pero ¿y si en realidad ya no sabemos lidiar con los demás? ¿Qué ocurre si preferimos los espacios digitales en donde controlamos más elementos y hasta elegimos el tipo de interacción?

De más está decir que en el mundo digital suceden batallas e intercambios de opinión muy poco alturados (lo que puede ser motivo de varios post de esta humilde columna). El tema de fondo, más que respuestas, es interrogarnos si la vida moderna nos está haciendo perder esas pausas, intercambios y retroalimentaciones tan propias del proceso de comunicación cara a cara. Todo es más rápido, maximizamos nuestros tiempos, muchas veces consideramos las respuestas por el número de “me gusta” o las veces en que fue compartido. No obstante, como proponía Aldous Huxley en Un mundo feliz, quizás ciertas actividades se pierden por medirlas en parámetros de eficacia y no por su carácter lúdico o enriquecedor. Por ejemplo, ¿cuántas veces hemos perdido la noción del tiempo por conversar con una pareja o un amigo/a? Si aún los tenemos, en buena hora; si no, ¿qué esperamos para retomar una larga y despreocupada conversación?

 

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