Cartografías

Hablando del Orinoco


Ella lo mira lánguidamente porque, en el fondo, la posibilidad de que vuelvan a encontrarse es remota, lejana e impredecible. Promete escribirle todos los días (bueno, casi todos), pero no podrá cumplir porque la maldita madurez los alcanzará y los volverá irreconocibles e iguales a todos los demás. A los 12 años ese pensamiento es más doloroso que una muela picada. Porque tras sellar con un beso la historia de su amor eterno, la posibilidad de un adiós causa un malestar que no se identifica a tan tierna edad.

– “No quiero que te canses de mí”, le dice ella con tono ausente.

– “No nos veremos en mucho tiempo”, sentencia él con ese tono francés tan marcado que a ella le quita el sueño.

– “Lo sé”, expresa ella con tristeza. “Entonces seremos como todos los demás. Perderemos nuestra guía. Vendré a París con mis amigos de la universidad”.

– “No”, corta él con firmeza. “No quiero que seas como los demás. No quiero ser como los demás. No lo somos y ojalá que no lo seamos nunca. Somos diferentes… y me alegro”.

Es hora de irse, pero en ese último momento ella sonríe porque sabe que, a diferencia de las cartas, lo que ahora promete sí podrá cumplir: “Seremos excepcionales”.

En 1979 George Roy Hill dirigió A little romance, una hermosa película con Diane Lane y Thelonious Bernard que narra la historia de dos preadolescentes que se conocen, se gustan y se prometen. Como en una versión moderna de Romeo y Julieta, huyen hacia Venecia porque las mitomanías de Julius (el gran sir Laurence Olivier) los obliga a montar su propio ritual, a fabricar su propia historia compleja de eternidad. Cuando yo tenía 10 u 11 años vi la película en canal 4. Quedé fascinado y prendido al instante. Por años creí que reflejaba la ilusión de un romanticismo temprano que se ha extinguido con los años y siempre quise volver a esta película. La magia del Internet logró que consiguiera una versión en DVD para verla en casa y los resultados de fascinación y provecho fueron los mismos. La diferencia es que ahora, casi 30 años después, entiendo por qué esta película tuvo un efecto hipnotizador en mí.

Madurar es el proceso más detestable del mundo porque nos coloca a un paso de la podredumbre, de la descomposición, de la decadencia. La inmadurez, por otro lado, es un estado de permanencia, de latencia, de algo que anticipa ser pero sin garantizar el resultado final. Es el crecimiento permanente, la búsqueda perpetua, el no anquilosamiento, el movimiento, la sorpresa, la vida, la cercanía al nacimiento. Y eso es lo bello de esta película: la promesa de permanecer siempre fieles a nosotros mismos nos permite evadir para siempre las puertas de la mediocridad que se han abierto de par en par para la gran mayoría de personas, nos asegura la excepcionalidad justamente porque defendemos nuestra diferencia. Quien anhela ser como el resto tiene los días contados porque el norte de su existencia es como un mapa del tesoro en el que la ubicación del cofre está permanentemente marcada. Quien opta por la diferencia no necesita mapas porque no quiere llegar a ningún lado: es el viaje mismo el que proporciona el placer, la alegría y la sabiduría. Y eso, mis amigos, no tiene precio ni salario.

© Apéndice de Bork. 2014

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