Secuencia inicial

Hablando del Orinoco


Entre los años 1984 y 1985, en pleno boom del rock en español, la cosa era bastante clara: o eras fan de los Hombres G o seguías con devoción a Soda Stereo. Para un niño de 10 años como yo, que recién empezaba a percatarse que había algo más que Yola y los discos de música clásica de la casa, la elección era obvia: el sonido masticable del “sufre mamón” era de lejos más asequible que las intrincadas elucubraciones del trío gaucho.

Soda era uno más de tantos grupos. La ciudad de la furia tenía cierto esteticismo cool producto de los coqueteos con la crema y nata del glam británico, pero eso no la aislaba de la medianía de otras propuestas contemporáneas. Porque la sobreexposición radial de algunas canciones flaco favor le hacía a la banda, que ganaba adeptos a más no poder pero se perdía en la prostitución de las ondas hertzianas. Llegó un momento en que mis plegarias hacia mis santos favoritos pedían a gritos librarme de una nueva audición de Persiana americana, Cuando pase el temblor y Sobredosis de TV. Hasta que llegó Dynamo.

En 1992, después de 11 años de celibato intelectual en un colegio demasiado anclado a preceptos teológicos innecesarios, con un desmedido culto al castigo y el deber de mantener alejado el pecado en cualquiera de sus manifestaciones, tuve el sacudón sonoro definitivo. ¿Era acaso este grupo que ahora asomaba inclemente con su sinfonía ruidista de guitarras, completamente adelantado a cualquier propuesta aburrida del momento, el mismo que tan solo unos años atrás se disfrazaba de The Cure? ¡Imposible! Pero ahí estaba: desde la secuencia inicial hasta la textura final el séptimo disco de Soda Stereo (sexto en estudio) es una maravilla y no puedo dejar de escucharlo. Pero lo peor de todo es que este, un disco necesario para vigorizar el alma y el espíritu, fue ignorado de plano por nuestras sabias emisoras y por el gusto del populacho.

Pero errar es humano y perdonar es de Cerati. Desde ese momento, las canciones de Soda ya no sonaban sosas sino llenas de un simbolismo mágico, rebosante de temáticas oníricas. Para ese momento mi cerebro ya tenía el honor de conocer la obra de Luis Alberto Spinetta y algo me decía que Cerati flirteaba de cerca con el flaco. Cuando vi a Soda en la Universidad de Lima a propósito de la gira de Sueño Stereo, el momento cumbre fue la interpretación de Primavera 0, pero Danza rota me quebró los huesos. ¡Y era una canción que estaba en su segundo disco! Qué ciego había estado. Qué sordo había sido. Qué mal me he sentido de recordar ese bochornoso momento.

Cuando Cerati versionó Bajan en su debut solista la intuición se convirtió en certeza: la impronta de Spinetta estaba ahí y eso lo acercaba al parnaso. Los discos siguientes solo confirmaron que Gustavo estaba a un millón de años luz de casa. Porque Jugo de luna, del Ahí vamos, es el Jugo de lúcuma del primer disco de Invisible. Y en la santa trinidad del rock argentino, integrada por Spinetta, Charly García y Fito Páez, hay alguien que sobra, uno que quemó hace rato y otro que está más allá del tiempo y del espacio. Y Cerati merece ocupar el puesto que le corresponde porque la música es más que las wachiturradas de turno.

Dios se llevó a Cerati y nos dejó a Arjona. Eso prueba que Dios no existe. O quizás Dios prefirió quedarse con un genio y dejarle al diablo las sobras. Eso prueba que Dios sabe.

© Apéndice de Bork. 2014

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