No te vas, te quedas aquí

Todo tiempo pasado fue mejor


Hoy, buscarte en las rimas que duermen en todas tus palabras no sirve. Es cierto que cuando callamos entendemos todo, menos la distancia. Aunque desordene átomos tuyos no podré hacerte aparecer, no hay más días. Fue apenas un sueño de cuatro años previos a tu trascendencia corporal. No te cansaste de luchar, solo estabas desafiando al tiempo, haciendo una larga despedida, dejar que lo asimilemos de a pocos y aunque siempre tuve la esperanza de verte volver, el cielo entendía tu obsesión. Pongo tus canciones más triste y no me siento mejor. Siento que partió un amigo, un confidente que me acompañó en noches interminables. Ahora ya no está quien compuso el soundtrack de gran parte de mi vida.

Disculpa si ahora escribo más con tus palabras que con las mías, es que muchas de ellas nacen de imágenes que evocaste tú. Mucho de lo que imagino es porque lo soñaste tú primero, lo volviste material y ahora lo canto en noches eternas, entre bocanadas de humo.

La primera vez que te escuché era 1986 y estaba en el quinceañero de una prima. Empecé a escuchar los primeros acordes de Persiana americana y sabía que estaba frente a algo distinto. La música me aturdía, no lograba escuchar tu canción y entonces conecté como nunca antes lo hice. Fui donde el DJ y pregunté qué era lo que sonaba. Nos presentaron, un cassette y pude verlos a los tres en la portada, rostros en blanco y negro, totalmente lejanos, extraños, seductores y argentinos. Soda Stereo. Le pedí que pusiera otras canciones, puso Sobredosis de TV y, al terminar, me convencí de que una relación de largo aliento comenzaba. Ese mismo año me enteré que venían al Perú pero nunca pude convencer a mis padres de dejarme ir al Amauta. Meses después alguien me pasó el cassette con la grabación del concierto, la escuché tantas veces que terminó por desintegrarse y nunca más conseguí otra copia. Pasaron los años y en el 90 compraba uno de mis primeros cassettes originales. Canción animal y Entre caníbales sonaba sin cesar en mi walkman.

Luego nos reencontramos en la universidad y volví a tu primer disco para una conquista. Transcribí Trátame suavemente en una carta. No hubo más que decir, no necesité nada más. Esa canción me acompañó durante los días tristes, pero también en noches de danza rota que siempre terminaban con tus “gracias totales”, despidiéndose al parecer para no volver más. En esa época también habías tomado la decisión de seguir un camino solitario. Fue en el 2006 que por fin pudimos vernos de frente porque una gran amiga me llevó a tu concierto. Conecté nuevamente con tus palabras, me sentía “vivo” de nuevo. Se preparaba el regreso, te vi volver al año siguiente. Meses antes repasaba una y otra vez el setlist, redescubriendo sonidos y palabras que antes no entendía. Como siempre te reinventabas en cada acorde, sonabas siempre distinto, los dos éramos más cómplices que nunca.

Nada más queda, tomaste tus alas y no extrañarás más la tierra. Pero no te vas, te quedas aquí, muy dentro de nuestros corazones, en cada canción, en cada precisa palabra. Ahora sabemos lo que es perder, nos dejas a merced de algo que nos cuesta comprender y seguramente quedó mucho por decir, pero casi lo dijiste todo. Dijiste que decir adiós es crecer. Nos toca a nosotros seguir creciendo sin ti. Nos vemos en el lago, Gustavo. Ahí vamos. ¡Gracias por venir!

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