Réquiem por un amor prohibido

Hablando del Orinoco


Era un problema ir a esa tienda. Sentía que me observaba y yo no podía hacer nada para remediarlo. Y no me quedaba otra que corresponder a la sonrisa seductora y quedarme contemplando el que, en ese momento, era el mayor de mis deseos. Solo quería tocar sus delicados contornos, perderme en el brillo que despedía. Qué importaba que mi novia de ese entonces (hoy mi esposa) se percatara de ello. Yo sentía que la engañaba pero era inevitable. Estaba ciego frente al mayor de los placeres que me prometía su figura. Pero esa pasión tenía un precio demasiado alto y yo no estaba preparado para pagarlo. Porque el iPod Classic, en ese momento, costaba la friolera de 1800 soles. Pero tenía 120 gigas de delirio.

¿A quién acudir? A los únicos que pueden entenderte en ese momento: tus amigos. “No te conviene”, me dijeron algunos. “¿Piensas desperdiciar tantos años de fidelidad a la audición perfecta de un vinilo o de un CD por la promiscuidad de un MP3?”. Pues sí, lo deseaba. Quemaba mi piel la sensación de tener toda mi colección de música en un solo aparatito que podía llevar a cualquier lado, caletamente. ¿Quién se iba a dar cuenta? Ah, el placer de lo prohibido. El pecado que, a fin de cuentas, es perdonado en el confesionario de lo analógico.

Otros sí me entendían. “Tarde o temprano todos caen en lo mismo”, sentenciaban unos. “No pierdes nada probando. Si la haces linda, ¿quién se va a enterar?”, señalaban otros. Y yo en medio de la incertidumbre de tomar uno u otro camino. Después de todo, mi discman seguía funcionando y no me costaba nada llevar mis 24 CDs sin sus cajitas de plástico a cuanto viaje iba. Claro, era un problema ver cómo la pila se agotaba después de tres horas, así que también tenía que llevar una buena carga de repuesto, sobre todo cuando viajaba ocho horas en algún bus interprovincial por motivos de trabajo. Pero mientras este aparato exigía mi atención todo el tiempo, el amor del iPod me ahorraba el gasto en pilas y duraba todo un día de corrido. Y yo ya me sentía cansado de la situación.

Hasta que por fin me animé. No le di explicaciones a nadie, usé mi tarjeta de crédito y compré un viaje sin retorno hacia lo prohibido. Y juro que me gustó. Y me gusta hasta ahora. Y no me siento culpable. Y le grito a todo el mundo que debería hacerlo alguna vez en su vida. El problema es que ya no se puede. Ya nadie podrá sentir el placer de deslizar sus dedos por esa curvatura en clave minimalista, que ronronea un clic a los oídos cada vez que la acaricias o que la aprietas, aunque también guarda silencio si es que se lo pides. Porque hace pocos días Apple decidió dejar de producir el que fue su caballito de batalla, el aparato que nos permitió ingresar a una nueva era y gozar de una fiesta en nuestros oídos que podía durar semanas sin mostrar signos de agotamiento.

Todavía convivo con mi iPod classic y lo llevo a todos lados. Lo mimo y le doy cariño. Lo asisto cuando se pone malito. Últimamente está fallando un poco pero no pienso abandonarlo, así como no se abandona a una persona cuando llega a los años mozos de la tercera edad y más bien se disfruta de su sabiduría. Y sí, el MP3 me sigue pareciendo una cochinada de formato, pero en el mundanal ruido de Lima y a través de tus audífonos cualquier melodía es buena frente a los bocinazos y el chillido de los cobradores. Y no me hablen del iPod touch o del iPhone porque eso sí es meterse con cualquier bataclana.

© Apéndice de Bork. 2014

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