La elección de la felicidad

Tinta verde


Ayer soñé que Keiko y Alan se retiraban de la política. Mentira. Ese anhelo es algo tan utópico que no es capaz de presentarse siquiera en los sueños de la gente. Pero qué lindo sería, ¿no?

Alan García y Keiko Fujimori son las dos marcas más fuertes de nuestra política. Y cuando digo marcas no solo me refiero a la denotación de sus nombres o al simbolismo que los circunscriben, sino a la “marca”, huella, yaga, costra o cicatriz que han dejado en los peruanos.

Desde el punto de vista publicitario, Alan y Keiko muestran un índice de fidelidad fortísimo: ni el aprista ni el fujimorista cambiarían su voto por nada, pues la religión de sus seguidores (no en términos eclesiásticos sino más bien refiriéndome a aquello que los “liga”) con el partido es impenetrable y va más allá de lo racional. Tratar de convencer a un aprista que no vote por el candidato del Apra o a un fujimorista que no vote por su candidato es como tratar de convencer a un hombre perdidamente  enamorado de su esposa que le saque la vuelta con alguien que simplemente “es mejor”. No tiene caso. Desde el lado psicoanalítico, Alan y Keiko han forjado en nosotros una especie de Síndrome de Estocolmo. Nos hemos vuelto como un caballo chúcaro al que golpean tanto que -de pronto- empieza a querer al amo.

Quienes me conocen saben que desde hace algún tiempo vengo pensando en la idea de formar un partido político. Mis ganas de hacer algo por este país me empuja hacia la política con cada vez más fuerza. Sin embargo, en ese esbozo me di cuenta que formar un partido nuevo sería seguir alimentando el individualismo, lo cual considero es uno de nuestros principales problemas hoy, así que pensé en mejor unirme a uno. Fue ahí que empecé a analizar la historia (y presente) de los partidos más importantes que tenemos hoy en el Perú y, tal como (desalentadoramente) lo sospeché, no hubo ninguno que me terminara de convencer. Eso me hizo volver a la idea de formar un partido nuevo y distinto, “limpio”, pero me entró otra vez el tema del individualismo. Entonces hoy pienso que sería una buena idea entrar al partido que “menos me descuadre” y desde adentro tratar de cambiar las cosas, pero en verdad no puedo. No hay ninguno que siquiera pase piola. Todos estan embarrados. TODOS. Con una realidad así de dura, ¿dónde se refugian los buenos?

En el mismo esbozo trato de proyectarme e imaginarme en unos años, ya metido en el mundo político, y pienso en mi familia. Pienso en su seguridad sabiendo que la extorsión es pan de cada día. Luego pienso en mi tranquilidad, en mi tiempo libre, en mis hobbies, en los hijos que quisiera tener y en mi paz mental, y el dibujo no es muy alentador. Sin embargo, si bien el futuro de esos aspectos -una vez metido en política- es borroso, creo que el hecho de saber que estoy haciendo algo (grande) por mi país me mueve más. Eso me lleva a plantearme la siguiente pregunta: ¿cuál es el costo de la oportunidad de ser político? Y sobre todo, ¿cuál es el costo de la oportunidad de ser político en el Perú? ¿Habrá algún estudio o índice que mida la felicidad de los políticos?

Acabamos de elegir a nuestros alcaldes. Si serán o no personas felices es algo que pocos se cuestionan o, en todo caso, poco nos importa. Total, nadie los obligó a lanzarse, ¿o sí? Pero más allá de su felicidad de ser o no elegidos y nuestra felicidad con el resultado, hay algo que (creo) no se ha mencionado mucho y podría aumentar nuestros indicadores de felicidad (si existiesen) sobre lo sucedido ayer: poco o nada se habla de fraude.

Que la tía Susy y el tío bigote hayan obtenido un porcentaje bastante decente habla de un voto representativo, no como otras veces, que tenemos que aliarnos con el mal menor para evitar el mal mayor. Creo que estamos madurando en el voto, pese a que muchos piensen lo contrario dados los casos de Cajamarca y Trujillo o hasta de Brasil (¿ya vieron que Dilma pasó a segunda vuelta pese a las fuertes protestas por el Mundial?).

Lo que nos falta ahora: cogobernar y hallar felicidad en eso. Algún día, Perú.

One thought on “La elección de la felicidad

  1. “Sobre gustos y colores, no han escrito los autores”. La felicidad es muy subjetivo, depende de la persona y de sus experiencias, no puede existir un estudio sobre qué tan feliz es un grupo de personas, puesto que, nadie termina siendo feliz al 100%, cada uno es feliz…a su manera. La política, es un mundo muy competitivo y turbio a la vez, me sorprende que te asombres al escribir sobre los políticos, ya que, el marketing, la publicidad y, sobretodo, el periodismo, son iguales a la política, en la mayoría de los casos no se puede jugar limpio. Muy a parte de todo eso, la política cambia a las personas, de repente (no estoy seguro de esto), todos, o la gran mayoría, entraron a la política con el único fin de “mejorar la calidad de vida” del distrito, región o del país en el cual viven, pero conforme van entrando y excavando mucho más, se dan cuenta que las cosas no son como pensaban, y de un momento a otro, inesperadamente, cambian. Si eres demasiado bueno, o demasiado malo, no intentes entrar a la política, de seguro te arrepentirás.

    Psdt: Alan Garcia y Keiko Fujimori significan tanto para sus seguidores, cómo la selección peruana de fútbol, significa para ti.

    Psdt II: Lo que para unos, significa todo. Para otros, significa, nada.

    Soluciones simples, para problemas complejos.

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