Votando la honestidad

Todo tiempo pasado fue mejor


Son las 7 am de un domingo frío y que empieza lentamente. Jamás imaginé levantarme temprano para ir a sentarme todo el día haciendo algo para lo que salí sorteado, algo para lo que nadie sabe si estoy o no en la capacidad de hacerlo de una manera eficiente y correcta. Aunque asistí a las capacitaciones, leí con paciencia y detenimiento su complicado manual para miembros de mesa, la realidad era que cualquier cosa podría suceder ese domingo electoral.

No me gusta la política. Desde la época en que estudiaba en la universidad siempre le rehuía a cualquier participación y discusión al respecto. Se vivían épocas de oscurantismo político, crisis de partidos y agitación social. Recuerdo que fue recién a mitad de carrera que marché y me vinculé con ese colectivo social y estudiantil que tiraron abajo una dictadura. En los últimos años tampoco he cambiado mucho de parecer sobre la política. No me gusta hablar ni opinar. Tengo ideas formadas a partir de lo que me ha tocado vivir, pero en esencia sigo pensando que la política es un mal necesario, un mal que muchos no estamos dispuestos a cambiar.

Las elecciones terminaron, la campaña de dos meses y fracción llegó a su fin con el resultado por todos conocido. Ha ganado posiblemente el peor candidato, ha perdido la persona a quien los intelectuales consideraban la reina de las reformas, ha quedado segundo el que mejor propuesta hizo. El pueblo habló y en Twitter y Facebook nadie está contento. Mi timeline se inunda de lamentos y alusiones a la poca reflexión de los votantes.

Todos estamos cansados de votar por el mal menor, todos decimos que deben existir mejores candidatos, que la realidad política nacional está llena de claros ejemplos de corruptos e incapaces. Pero, ¿qué estamos haciendo para cambiar eso? Estas elecciones han sido un ejemplo de revanchismo crudo y duro. Ha sido “votar en contra de” en vez de “votar a favor de”. Yo estoy a favor de un voto voluntario que tendría como inmediata consecuencia que solo sufrague el ciudadano que realmente quiera hacerlo. So riesgo de tener poca representatividad estaríamos haciendo que el “derecho a votar” sea tomado en serio. Ya no sería tan sencillo para los candidatos prometer cualquier cosa; los que realmente vamos a votar seríamos más exhaustivos en el análisis, se comprarían menos votos, no se jugaría tanto con el temor a la multa, con la elección en la cola y seríamos mejores votantes. Porque la información y las propuestas están ahí, mucho más accesibles que antes. Nos falta gente que quiera escoger mejor, solo eso.

Dicen que en estas elecciones ha perdido la honestidad frente a la corrupción y la improvisación. Pero la culpa es nuestra: no hemos podido convencer a la gran mayoría que ese valor es algo que puede ir de la mano con hechos reales y concretos. Cuando hablamos de reformas hablamos de cambios y a nadie le gustan los cambios, nadie entiende cuando le dices que debemos sacrificar el bien privado por un bien común más grande y de largo aliento. La cultura y ser honesto no venden tanto como el cemento. No basta con ser y parecer honesto si eso no se traduce en obras que la gente pueda ver, sentir y disfrutar. Hemos fallado en vender la honestidad como política municipal y lo peor, la hemos convertido en sinónimo de ineficiencia e improvisación. Veremos si luego de cuatro años podemos aún salvar el barco.

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