La normativa del avatar

Hablando del Orinoco


Renee Zellweger era gordita. Envuelta en curvilínea y oronda figura corre sudorosa tras la felicidad mientras escribe en el Diario de Bridget Jones (The Bridget Jones diary. Sharon Maguire, 2001) sentencias facilistas para delicia de los amantes de las comedias románticas, quienes las convierten en axiomas de vida porque el cine de Hollywood es el santo grial del escapismo. A pesar de su belleza renacentista, bucea en los recovecos de su propio yo para convertirse en el objeto de deseo del galán de turno, algo que logra gracias a su simpatía y a su don de buena gente. Porque en el Hollywood del botox las turgentes proporciones no tienen cabida a menos que salgas en una serie como Mike & Molly.

Renee Zellweger era flaquita. De figura menuda y envuelta en ardiente indumentaria, encara de tú a tú a Catherine Zeta-Jones y pone en su sitio a críticos sordos y puristas de Broadway con su interpretación en la película Chicago (Rob Marshall, 2002). Encorsetada en un atuendo ridículamente corto y entallado, destella a borbotones como si se hubiera puesto encima un manto de estrellas. Y mientras Richard Gere la devora con la mirada, uno se asombra de su figura y se pierde en su cabellera rubia.

Renee Zellweger era bonita, aunque no con el glamour escandaloso de las grandes beldades de la pantalla grande. Era más bien una belleza de la medianía gringa, con sus labios un tanto gruesos, su cara redondeada, su tez blanca como la leche recién ordeñada y ese cuerpo que no se decidía entre ganar más calorías o comer espárragos por una semana. Confieso que prefiero un millón de veces la belleza fría e inmóvil de Irene Jacob en Rojo (Trois couleurs: Rouge. Krzysztof Kieslowski, 1994), el mejor regalo de cumpleaños allá por 1995. Y todavía necesito un balde para que la baba no llegue hasta el suelo cuando me detengo en el personaje de Clarice Starling que interpreta Jodie Foster en El silencio de los inocentes (The silence of the lambs. Jonathan Demme, 1991), tan desprotegida frente al caníbal, tan insegura en su propia seguridad, con un coeficiente intelectual que hace palidecer al mismísimo Salomón y dueña de una ambigüedad que la hace aún más sofisticada y etérea. Hasta la agente Scully es arquetipo de belleza femenina, sobre todo a partir de la quinta temporada de The X-Files y en particular cuando de su boca emana una prosa médica y científica que requiere hacer uso de un diccionario especializado para desentrañar sus significados ocultos. Una delicia.

Renee Zellweger era Renee Zellweger. Ahora ya no queda nada de ella. Lo único que resta de su nombre es el parecido a la rana René. Se ha convertido en una “rene-gada” o en una re negada de sí misma. El artificio de Hollywood ha encontrado a su hija predilecta: la estrella que es capaz de cambiar su propia cara para mostrarle a todos que se trata de una mujer que ha decidido darle un vuelco a la vida.

Este es un mundo en el que el maquillaje sirve para ocultar, en el que la cirugía está a la orden del día para torpemente prolongar el instante de la foto juvenil. Lo que ha hecho la actriz se enmarca en esta aberración y se convierte en el absurdo caso de un avatar humano: la posibilidad de elegir una apariencia ajena en el terreno de la virtualidad se traslada ahora al terreno de lo corpóreo. Es una antropomorfización digna de Second Life. Y me siento conmocionado y con pena por la pérdida de una cara simpática como la de Renee. Y aunque el cine nos haya mostrado el intercambio de rostros entre John Travolta y Nicolas Cage (Face/Off. John Woo, 1997), esto constituye el punto de excitación máximo de cualquier guionista sensacionalista.

Lo bueno es que todavía hay esperanzas de cambiar mi cara por la de George Clooney.

© Apéndice de Bork. 2014

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