Entre el baile y el buen ridículo

Todo tiempo pasado fue mejor


No me gusta bailar. Es más, le rehuyo a cualquier evento social en que la premisa principal sea la de unicamente danzar al compás de música estridente y de moda. Es decir: detesto las discotecas. Nunca me gustó estar en un lugar en el que forzosamente tuvieras que hacer la única cosa que no te gusta hacer. Por suerte, me he conseguido una esposa maravillosa que no me obliga a ese ritual absurdo de “salir a bailar”. Por suerte también, tengo amigos que nunca me presionaron para esas salidas con principios y fines únicos, llenos de olor a cigarro, conversación nula y ritmos de baile desconocidos.

Sin embargo, sí me gusta ver bailar a gente que sabe bailar. Mi primer acercamiento a este sano entretenimiento fue observar a Gene Kelly zapateando en medio de la lluvia. En una ciudad en la que no llueve, el sentimiento que me embargaba al ver ese instante sublime de un tipo mojado hasta el tuétano, cantando bajo la lluvia incesante, siendo lo más feliz que se puede, simplemente llenó de alegría toda mi infancia. Pero también descubrí tempranamente que mi admiración solo me alcanzaba para disfrutarlo en la intimidad de mis cuatro paredes. Había comenzado a valorar el buen ridículo: si habría de danzar lo haría para mi y para mis amigos.

Luego llegó ese sábado en que conocí a Travolta y una película que se mantuvo toda mi adolescencia como la pieza angular de seducción. No imaginaba otra forma para que una mujer quede impresionada. No solo bastaba con ser simpático, tener un buen peinado y vestirse de la manera más sexy posible, tenías que saber bailar y tenías que bailar de esa forma. Mis sábados por la noche nunca fueron iguales, la fiebre estaba instaurada y nunca se iría más.

Pero en esa época también llegó Footlose. Recuerdo que esa coreografía final fue la piedra angular de mis futuras performances toneras. Bastaba con poner los primeros acordes de esa canción para cruzar miradas cómplices con mi compadre de juerga y entregarnos completamente al delirio de saltar por los aires e intentar, solo intentar, parecernos a Kevin Bacon, al menos en las ganas de liberarnos por unos minutos a través de una coreografía improvisada, llena de risas y pechadas aéreas. El buen ridículo se había instaurado en mi inconsciente.

Es que el baile tiene ese componente que nos acerca a nuestra naturaleza más animal, es la forma básica de expresión, nuestro cuerpo es el primer medio de comunicación. Si dicen que el ser humano se comunica no verbalmente sobre todo, el baile es la expresión perfecta de nuestro ser más intimo. No es gratuito que las escenas de baile sean las más recordadas en la historia del cine. Pocos iluminados bailan tan bien, pocas parejas son las que sincronizan tan perfectamente en una pieza de baile. Esta admiración que genera ver a alguien danzar es lo que me permite liberarme en fiestas íntimas, en las que bailar “como sea” son de los momentos más esperados en la noche.

Es alucinante cómo algo que comienza como un chiste, una burla, te marcará toda la vida. Hubo una vez en que me pidieron bailar como Carlton y ahora es lo único que me piden. Nadie sabe que en mis sueños más secretos quiero bailar eso eternamente, quiero ser Kelly, Aster, Travolta, Bacon, quiero poder disfrutar de algo que no me gusta pero que sé que a los demás les divierte. Aunque en el fondo lo único que deseo es hacer este baile prohibido con mi esposa. ¿Bailamos?

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