El pequeño salvaje

Hablando del Orinoco


El día que murió François Truffaut, hace 30 años, las pantallas del mundo lloraron y los corazones de todos los cinéfilos (los que ven cine, no los que van al cine) se convirtieron en cenizas que el viento arrebataba. Yo tenía 10 años y no conocía a este señor. Tras algunos lustros y un montón de vivencias recién pude deslumbrarme al encarar una obra que, a todas luces, es la muestra perfecta del amor de un ser humano por lo que le gusta.

La gran enseñanza de Truffaut es que la pasión encamina a buen puerto cualquier proyecto, sobre todo los de naturaleza personal (a fin de cuenta, los únicos que importan en la vida). Esta fue la espada con la que hizo añicos a la crema y nata de la cinematografía francesa del momento y que le permitió enarbolar con valentía, coraje y mucha malcriadez los preceptos de una nueva forma de entender la obra fílmica. Y lo más valioso de toda esta experiencia fue que no se dedicó únicamente a criticar sino que demostró que la pluma no era su única arma sino también la cámara. Y la verdad es que uno debe ser bastante desvergonzado y talentoso para salir airoso de tamaña empresa.

El secreto de Truffaut radica en dos pilares básicos: si haces cine tienes que ver muchas películas porque es la única forma de entender de qué trata todo este rollo. Y uno debe ver las películas con amor. Porque el arte, a fin de cuentas, es un acto de amor. Pero no es lo único: para hacer cine uno debe vivir. Porque una ameba no hace cine y un cura difícilmente lo hará, a menos que tenga una vida licenciosa, escondida e interesante que mostrar.

Y esta suerte de dualismo se extiende a cualquier forma de manifestación artística que enaltezca a la humanidad. Quien quiere escribir debe leer mucho y tiene que vivir. Quien desea hacer sangrar los oídos de los demás con sus sucias melodías debe escuchar mucha música y tiene que vivir. Quien osa ser comunicador debe experimentar con todas las formas de diálogo en distintos entornos y tiene que vivir. El encierro y el ostracismo solo conducen a una vejez prematura: la del chiquiviejo que a los 30 años tiene un buen puesto de trabajo, ostenta un gran carro, convive media vida con una hipoteca en el banco, tiene una existencia más aburrida que la de una monja de clausura y enfrenta brotes de depresión porque no consigue ser gerente. Jojolete: mis amigos y yo llegamos a los 40 siendo los inmaduros de siempre y viviendo felices porque nos damos el gusto de hacer lo que realmente queremos.

Y eso me lo enseñó Truffaut. Y me lo enseñó papi Buñuel. Y me lo enseñaron mis profesores en la universidad. Y me lo enseñaron mis viejos. Y también me lo enseñó el flaco Spinetta. Y Nick Hornby. Y el viejo verde borracho de Bukowski. Y Luchito Hernández, CMP 8977, ex campeón de peso welter. Y mis amigos. Y mi esposa. Y algunos jefes. Y es lo que le enseño a mis alumnos. Porque si algo me revienta es tener a un viejo de 17 o 18 años en mi clase. Me deprime, me indigna y me saca roncha. Cuando me preguntan cuánta plata van a ganar en esta profesión deseo que se los trague la tierra pero con mi zapato aplastando su cara. Como le indignaba tanto cine vacío a Truffaut.

Yo enseño y escribo con pasión pero no tengo talento para ninguna de las dos cosas. La prueba es que después de leer este texto no tendrás ganas de volver a ver La noche americana (La nuit américaine, 1973). Hay cosas en las que nunca podré parecerme a François.

© Apéndice de Bork. 2014

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