Dulce Susto

Todo tiempo pasado fue mejor

Hoy se celebra Noche de Brujas, “All Hallows Eve” o Halloween en varios países del mundo. Esta celebración que tiene orígenes celtas, conmemora el final de la temporada de cosechas y que además antecede a la celebración católica del día de todos los Santos, que en países como México es casi un ícono cultural de exportación, aunque prefieren llamarla “día de todos los muertos”. Estas fechas son consideradas espiritualmente especiales, muy propicias para que nuestro mundo se conecte con el mundo de los espíritus.

En Perú, para muchos, esta fecha es sinónimo de disfraces, dulces y ambientes llenos de calabazas, telarañas, murciélagos y calaveritas. Para mis alumnos sobre todo esta fecha es sinónimo de fiesta y de búsqueda de disfraces divertidos (que ni se nos ocurra dejarles trabajos este fin de semana). Para los que nos quedamos en casa, esta fecha es sobre todo una noche llena timbres sonando y niños disfrazados pidiendo caramelos. Por suerte mis hijos dejaron esa etapa hace años, ahora disfrutan junto conmigo de una tradición audiovisual autoimpuesta, apagamos todas las luces y nos sentamos a ver películas de terror.

La premisa básica en tan manoseado género es llevarnos al límite y experimentar un miedo intenso que te deje intranquilo por un par de horas, pero ¿por qué nos fascinan tanto estás películas? ¿por qué nos asustan tanto pero no podemos dejar de verlas? Esta semana leí una entrevista en la que explican que hay componentes psicológicos y fisiológicos que se activan cuando vemos una película de terror. Nuestro cerebro busca reorganizarse y anticipar situaciones de peligro futuras, mientras vemos como persiguen a la protagonista, en realidad estamos aprendiendo a reaccionar cuando nos toque enfrentar algo similar. Además, dice el artículo, que luego de experimentar estas sensaciones nuestro cuerpo actúa como si hubieras estado realmente en riesgo y tu sistema nervioso genera neurotransmisores de alivio y placer.

Eso significa que cada vez que Michael Myers levantaba a uno de esos adolescentes calentones y los acuchillaba sin piedad en la Halloween de Carpenter, yo estaba aprendiendo algo. Cada vez que Fredy Kruger (Craven) intentaba rasgar a alguien, tu cerebro sabía cómo reaccionar. Luego de ver a Carrie (De Palma) freír a todos sus compañeros en la fiesta de promoción entendías que nunca más debías hacerle bullyng a la chica rara del salón. Aprendías como exorcizar a un demonio luego de presenciar al Exorcista de Friedkin. Todas esas películas, que fundaron la base de terror más duro y puro, fueron nuestra maestría sobre el origen del miedo. No las secuelas sino esas primeras obras maestras. Aunque en el fondo no estoy seguro si alguna de ellas me generó alivio luego de verlas, puedo decir que ese placer extraño de no dormir tranquilo por varias noches y no poder caminar a oscuras por la casa es de lo mejor que pude haber sentido.

A los peruanos parece que nos gusta sobre todo este género, no en vano una de las películas más taquilleras de nuestra alicaída cinematografía es una de terror. Esto podría significar que somos individuos de sentimientos extremos, nos gusta reír tanto como gritar. Lo cierto es que al final la mejor manera de enfrentar tus miedos es verlos en la ficción, ese momento en el que te vas a dormir pensando si lo que viste realmente te puede pasar; esa sensación de incertidumbre hace de la experiencia del susto mismo algo intensamente dulce.

manolo

 

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