Don´t be a square

Todo tiempo pasado fue mejor


El mes pasado, exactamente el 14 de octubre, se celebraban 20 años del estreno de Pulp Fiction en las salas de cine norteamericanas. La segunda película de Tarantino venía ya precedida del galardón del festival de cine internacional que todo cineasta quisiera tener en su sala: una Palma de Oro en Cannes. Así, un gringo loco llamado Quentin se llevaba el premio entre apellidos de la talla de Tornatore, Kieslowski o Figgis. Seguro no tuvo nada que ver que el jurado lo presidiera otro gringo loco llamado Clint Eastwood ni las doscientas sesenta y cinco veces que se dice la palabra “fuck”. Lo cierto es que nadie nunca se atrevería a discutir que se hizo justicia ese día.

Esta película fue un hito en la historia del cine que quedará como esas joyas que marcaron la cultura popular universal. Así de buena es. No es mi tarea ahora nombrar las razones que seguramente no se deben solo a sus incontables referencias cinematográficas o a su innovador uso de la narrativa audiovisual (que siempre muestro en clase) ni a la combinación de humor negro y violencia descarnada. Tampoco debe ser por uno de los mejores castings jamás hechos ni mucho menos por ser uno de los mejores guiones escritos en esa época (me sé de memoria los diálogos de Vincent Vega y Jules). Esta película es una sinfonía de acierto tras acierto y su trascendencia está en todo el conjunto. Hasta ahora no me creo que solo costara 8 millones de dólares hacerla, un ejemplo de dinero bien administrado e invertido.

Lo que más recuerdo de la primera vez que la vi, allá por el año 1995, fue lo contundentes que eran sus diálogos. Lo escrito no era natural ni pretendía serlo, pero habían frases hechas para imprimirlas en polos por el resto de mi adolescencia, monólogos que quedarán tatuados en el fondo del subconsciente. Pulp Fiction es eso y mucho más. Es, sobre todo, la demostración de que un cineasta puede hacer lo que le dé la regalada gana y crear un estilo con eso. Hay muchas cosas que luego supe de la película y otras que son ya conocidas, pero yo me quedo con algo: el inicio de la idolatría de Tarantino por Uma Thurman.

Pasa que escribes un personaje para una actriz, a veces sin saber quién es esa actriz. Pasa también que rechazas a esa actriz para luego darte cuenta que las demás no son ese personaje y vuelves a la actriz original. Eso pasó con Quentin y Uma. Por eso luego su obsesión de mostrarla en la portada del film, ponerla a bailar con Travolta y hacerla quedar bien en casi cualquier situación, porque nadie me negará que no hay nadie que se drogue de formas tan sexy como Mía Wallace, fumando un joint, aspirando una línea en el baño y hasta en situaciones incómodas como la de reventarse el cerebro con heroína, nunca se verá una mujer saliendo de una sobredosis de forma tan bella como la Thurman. Lo bacán de esta relación es que en el intermedio el cineasta escribe una película solo para ella, solo para tenerla en dos volúmenes y verla como él la quiso ver, a punta de espadas samurái y danza kung fu. La Beatrix Kiddo (aka The Bride) es otro personaje creado, por los dos esta vez, pero para ver a tu musa encarnar una de tus más ansiadas fantasías. A ese nivel puede llegar el crush que puede sentir un director por su musa.

Me cuesta imaginar que no hizo todo eso solo para decirle cuánto la quiere. Le costó 20 años demostrarle que debían intentar andar juntos y que aquellas fantasías de ficción podían ser reales. Al final si es verdad que Q pudo terminar su historia con U no importa mucho. Que sean felices. Y si no, siempre quedarán las películas para volver a comenzar.

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