El Grinch peruano que no pudo robarse la navidad

Todo tiempo pasado fue mejor


No me gusta la época navideña. No estoy seguro de si la razón sea la abundante cantidad de luces navideñas con villancicos que la gente ha decidido colocar en las fachadas de sus casas, en sus ventanas y en sus jardines. Tampoco creo que sean las interminables filas de cajas de panetón de toda marca o color que abundan en los supermercados. Mucho menos creo que se deba a la avalancha de publicidad, mensajes subliminales y comunicación recibida con motivos navideños de las cuales no tengo forma de escapar. Creo que no me gusta simplemente porque nunca me ha gustado.

Tendrá que ver tal vez con que esta época del año me trae recuerdos, de los buenos y de los malos también. Crecer con la crisis financiera de los ochentas tenía como consecuencia directa dos cosas: una cena navideña austera y un solo regalo navideño. En aquellos días era impensable el pavo de ocho kilos que en promedio se come una familia limeña. Un pollo al sillao bien pechugón y horneado en la casa era suficiente y el único panetón se comía en el desayuno con mantequilla y mermelada. Lo del regalo único, que ahora trato de inculcar en mis hijos, tiene que ver con que la calidad y significación de lo regalado era más valioso que la cantidad de regalos que recibías. Una navidad mi mamá me regaló (fue el único regalo de ese año) un cassette original de salsa cubana. Hasta ahora recuerdo todas las canciones. Y que lo tenga tan presente es señal de lo mucho que significó para mí en esa época tan difícil. En ese entonces no importaba tanto el regalo como la acción de regalar y eso como valor se está perdiendo entre tanta bonanza económica y frívolo consumismo.

Llegó la adolescencia y la navidad fue sinónimo de regalos que nunca me gustaron (polos, sobre todo) y una noche buena llena de fuegos artificiales. Ahora que no consigo emocionar con ninguno de mis regalos a mi hijo adolescente, comprendo que la vida es cíclica y lo que tus padres sufrieron ahora lo sufro yo. No hay nada en el mundo que le puedas regalar a tu hijo adolescente que le guste si es que no lo ha pedido. Pasa también que te vuelves viejo y los fuegos artificiales ya no te gustan y te desespera tener que sedar a tus perros porque a alguien se le ocurre seguir reventando cohetes hasta las 4 de la mañana. Tú cambias, la navidad no. Es más, se vuelve peor.

Algo que finalmente terminó por definir mí desagrado total por estas fechas fue cuando por primera vez en mi trabajo escuché las palabras “intercambio de regalos y amigo secreto”. Los que me conocen saben que jamás me gustó, gusta o gustará participar de esta “tradición laboral”. Cuando he tenido que participar lo hice obligado, de mala gana y fui el peor amigo secreto de la historia moderna. Aunque ningún amigo secreto mío se podrá quejar del regalo recibido, esto de dejar pistas, obsequios semanales y adivinar quién diantres es el que regala me parece una pérdida de energía y tiempo innecesaria y una forma forzada de promover “armonía laboral” entre colaboradores que tienen poco o nada en común. Nunca oculté mí desgano por participar. Es más, amigas mías muy cercanas fueron víctimas de mis ironías y desplantes al momento de recibir sus regalos. Así que esto terminó por completar el perfil de Grinch peruano que me he ganado y el cual asumo con mucho orgullo pues es cierto: lo soy.

Tal vez en el fondo lo que no me gusta de esta época es que la gente se olvida que lo importante de la navidad no son los regalos exclusivos ni la cena rica con tu ensalada de papa y puré de manzana. Lo importante es pasarla con las personas que son importantes para ti, darles un abrazo a las 12 y sentir que no hay un mejor lugar para estar en navidad.

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