La penitencia de Semana Santa

Manolo Vergara


Nunca me he considerado un católico practicante. Aunque siempre he sido bastante espiritual, no comparto muchas ideas y dogmas que impone la Iglesia. Sin embargo agradezco mucho a mi madre haberme inculcado desde niño muchos de los valores cristianos que ahora yo intento inculcar en mis hijos. El primero que me viene a la cabeza es el respeto por la Semana Santa. Aunque mi relación con esta celebración ha sido bastante irregular, este año en que mi hijo menor hará la primera comunión muchos recuerdos de aquellas épocas me vienen a la cabeza.

La Semana Santa en mi casa comenzaba el Domingo de Ramos, con mi ramita de olivo en la mano, agitándola cual bandera mientras la bendecían junto con otras al frente de la parroquia de San Miguel. Nunca tuve dos iguales, las coleccionaba hasta que tenía que botarlas todas amarillentas y resecas. El Jueves de la última cena pasaba como un día normal. Luego llegaba el Viernes Santo, día donde recordamos la pasión y muerte de Cristo y cada minuto del día ese sentimiento de pena y pesar debía estar presente. Nada de carne roja y silencio respetuoso para una reflexión profunda. Para mí ese día comenzaba, obviamente, sin desayuno, sin pan ni leche. Cualquier cosa vinculada con una vaca era mal vista. El almuerzo siempre era algún tipo de pescado preparado de alguna forma que te hiciera sentir culpable. Escabeche o sudado, nunca en ceviche ni frito. En el año del cólera, me hicieron tragar bacalao seco importado y aunque lo preparaban según la receta de algún párroco vizcaíno, era como comer un fósil humedecido, un trance digno del sufrimiento que se debía sentir en esa fecha. Ya en la universidad, con una actitud más crítica hacía esta celebración, intenté hacer ayuno durante los cuatro días. No llegué al tercero. Agreguemos a eso, además, que estaba de campamento (semana tranca que le decían) y el licor me tenía deshidratado. Nunca estuve tan cerca como aquella vez de purificar mi alma.

En años previos al cable, al Internet y a Netflix, si querías ver televisión en Semana Santa no había alternativa posible a la programación de canales nacionales. Quienes hayan crecido fortalecidos por la evangelización de nuestra parrilla en esos días santos sabrán de qué les hablo. La mañana comenzaba siempre con El evangelio según San Lucas, que tomaban escenas completas de la película La vida pública de Jesús (1979), encarnado por Brian Deacon y producido por un grupo evangélico. Esta versión de la vida y milagros de Jesús es la que me traslada a mi infancia de forma automática. La narración sobre la voz en hebreo o arameo han quedado tatuadas en mi mente. Mejor que cualquier catequesis sabatina. Luego venían Los 10 mandamientos (1956), en la primera de dos apariciones de Charlton Heston en el día. A la hora de almuerzo alguna vez también llegaron a poner la versión reducida de la miniserie Jesús de Nazareth (1977) de Franco Zeffirelli, una obra de arte muy fiel a los evangelios (la versión original dura más de 6 horas). En la universidad descubrí El evangelio según San Mateo (1964) de Pasolini, neorrealismo italiano, muy sofisticada para pasarla en la tele. La tarde santa de tele siempre se coronaba con El manto sagrado (1954)  para dar paso a la tradición de quienes regresaban de misa de seis y tenían cerca de tres horas y más para quedarse frente a la tele y ver la terrible venganza por despecho de Messala a Judah en la segunda aparición del chato Heston en este día, la clásica de clásicas Ben Hur (1959). Es imposible imaginarnos una Semana Santa sin esta película programada.

Es alucinante cómo uno puede condicionarse con ciertos estímulos externos y programarse mentalmente para que todo fluya y sienta ese día como debía sentirse. Así es la Semana Santa con la comida y con lo que se programa en los medios en esos días. No hay penitencia sin comer pescado y no hay arrepentimiento sin largas horas viendo momentos bíblicos que nos recuerdan, durante una semana al año, que no somos una sociedad del todo laica. Y aunque mis hijos están en un colegio católico, al menos han crecido algo más críticos sobre su religión. ¡Feliz domingo de resurrección!

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