“Toca por él, pequeño Oskar”

César Pita


Con su bigote perpetuo y su pipa en la boca, la imagen que siempre tendré de Günter Grass será la del viejo eterno, la del sabio, la del sabedor de cosas que, más allá del bien y del mal, propone la exaltación del individuo por sobre la del Estado; la de quien se equivocó muchas veces en su vida pero nunca temió poner sobre el tapete sus propios vicios ideológicos, la del crítico del status quo, la del narrador valiente y lleno de excesos. Lástima que no sepa alemán para leerlo en su lengua original.

Esta semana ha sido de pérdidas para la literatura. Hace pocos días murió el poeta sueco Tomas Tranströmer, premio Nóbel en el año 2011 a quien no he tenido la suerte de leer. Quizás por eso el dolor es apenas etéreo. Y el lunes 13 de abril se murió Eduardo Galeano, tipo al que leí alguna vez en mi época universitaria pero que, he de confesar, no cuajó del todo en mis gustos. Debe ser por esa onda del espíritu colectivo, de las venas abiertas de Latinoamérica por la que corre la sangre que nos  hermana. Yo, que toda mi vida he tratado de eludir etiquetas de naturaleza política o de territorio (le huyo terriblemente a todo lo que traiga consigo el concepto de “peruanidad”, lo que no me hace menos perteneciente a este país desde otras perspectivas y dimensiones), difícilmente podría enamorarme de ese tipo de escritura. Pero respeto sus ideas, su aporte y su trascendencia. Pero ese mismo día mi amigo Günter (o Gunta, como me gusta llamarlo) sorprendió con su partida. Aunque tal vez no lo fue tanto dada su condición desmejorada en los últimos tiempos.

A Grass lo leí en la universidad gracias a la pandilla de amigos que tengo, de gustos exquisitos en todas las artes, sobre todo en las libertarias que permiten amplificar la sintonía neuronal. Y curiosamente lo leí antes de descubrir la adaptación cinematográfica de su obra más conocida: El tambor de hojalata. Y si hay algo que ha quedado grabado en mi cabeza después de leer esta descomunal pieza narrativa es la imagen de la madre del protagonista tomando la decisión de acabar con su vida en la base a la ingesta de cantidades atroces de anguila cruda, uno de los momentos más viscerales, asquerosos, incómodos, vomitivos y bellos que he podido leer.

Oskar, el protagonista de la novela, decidió no crecer cuando se decepcionó del mundo de los adultos y encontró en su tambor de hojalata el resguardo perfecto del mundo que lo rodeaba. Confinado por decisión propia a albergar un alma adulta en un cuerpo de niño, se convierte en el modelo perfecto de quien es renuente al cambio, de quien concibe su propia vida desde temprana edad y permanece fiel a sus principios, así esté equivocado. Mal ejemplo para quien tenga dos dedos frentes, Oskar reflejó las dudas de la mal llamada generación X, la de los noventa, la del no future, la de quienes no pudimos edificar nada en medio de los escombros que nos dejaron los otros, la del fin de la historia, la de la muerte ideológica, la de la libertad de pensamiento, la del no compromiso. ¡Y lo hizo en 1959!

No es curioso entonces que Volker Schlöndorff, uno de los directores pertenecientes al colectivo que tradujo las angustias de una juventud sin esperanzas en la época de la postguerra en Alemania, contribuyera a inmortalizar la obra de Grass y permitiera que el mundo lo conozca con una película que ganó la palma de oro en Cannes y el Oscar a la mejor película extranjera. Y a esa banda de facinerosos pertenecen Rainer Werner Fassbinder (quien vivió intensamente, murió rápidamente y dejó un legado decenas de películas), Werner Herzog (el marginal, el tipo raro, el arquetipo de autor serio y comprometido consigo mismo) y Wim Wenders (el paradigma de la búsqueda de la autenticidad en uno mismo, incluso con alienación de por medio).

Un redoble de tambor en el equipo y una cerveza alemana en las manos. Y un rechazo constante a cualquier forma de fundamentalismo. Salud, Gunta.

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