Denunciemos a Onur

Manolo Vergara


No he visto ni un solo capítulo completo de Las mil y una noches (y ya está por acabar). Por lo tanto, no pretendo hacer ningún análisis valorativo de la mencionada telenovela. Tampoco deseo hacer ninguna afirmación basado solo en lo que leo por ahí. Aunque mi profesor de universidad Eduardo Adrianzen haya afirmado que es conservadora y machista, no considero que sea suficiente para decir que efectivamente lo es. Pero debido a la alta sintonía, sobre todo en personas adultas del género femenino (mi madre y mi suegra son fanáticas), me ayuda a reflexionar sobre lo permisivo que son los medios y en especial los productos audiovisuales con reforzar situaciones que promueven el acoso sexual y la violencia hacía la mujer.

Obvio, estoy exagerando. Es decir, no creo que ningún gerente salga ahora a ofrecerle a sus trabajadoras 75 millones de liras turcas (no sé cuánto es eso, pero espero sea bastante) por pasar una noche, como lo hizo Onur con Sherezade. Claro, las defensoras me dirán que “no sabía para qué era la plata”, pero eso no es importante. El abuso está en el ofrecimiento. Si sabiendo para qué era el dinero le hubiera propuesto lo mismo, estaríamos hablando de un depravado sexual y no del sultán por el que todas se derriten. Aunque al final él se sienta mal y se arrepienta y busque protegerla mostrándole cuánto la ama, esa relación tuvo un inicio violento y abusivo hacia una mujer. Por lo tanto, ¿es casualidad que una telenovela con este tipo de temática tenga tan buena acogida en varios países de Latinoamérica? ¿Donde justamente los índices de acoso sexual laboral y callejero son elevados y la violencia es un martirio diario que sufren miles de mujeres en distintas esferas de la sociedad?

Actualmente en el Perú se ha promulgado la ley contra el acoso sexual en espacios públicos. Ha sido criticada por congresistas impresentables tomándolo a la broma, como seguramente lo hemos hecho varios hombres, incluyéndome, creyendo que “ya nadie podrá decirle nada bonito a una mujer en la calle”. Y claro, lo subjetivo está en la apreciación de que lo que es bonito para uno puede no ser bonito para una mujer. Me hicieron reflexionar y caí en cuenta luego de escuchar esta inteligente intervención de la congresista Verónika Mendoza: que el acoso a una mujer, en cualquiera de sus formas, es un DELITO. Este acoso es el primer paso hacía una posible escalada de violencia. Si no respetas a una mujer en la calle, seguramente menos la respetarás en tu casa, en tu trabajo, en cualquier lugar. Y por suerte esta ley es disuasiva. Ahora cualquier obrero de construcción que quiera piropear a tu amiga, hermana o hija, lo pensará dos veces. Ahora por lo menos varios ministerios tendrán la misión de proteger a las mujeres, algo tan necesario en una sociedad como la nuestra, llena de esposos pegalones y violadores feminicidas en potencia.

Aunque en la ficción tratemos de endulzar el tema relativizándolo o justificándolo porque existe el amor, estamos generando un precedente peligroso. Ni el amor debe ser justificación para abusar, maltratar o violentar a una mujer. Ejemplos de esto los tenemos en este libro. Aunque yo crea que entre las virtudes de una mujer también deben estar la combatividad y la capacidad de defenderse sola, no existe razón alguna para no darles la protección que se merecen y que se han ganado. Nuestro deber como hombres y básicamente como sociedad es permitirles ser todo lo mujer que quieran ser, en la total libertad y confianza de hacerlo sin peligro alguno.

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