El deber revolucionario de escribir bien

Alejandra Cruz


Cuando escribió el punto final ya habían pasado 23 años desde su primer intento por fijar en palabras el mundo de Macondo, la novela que había querido escribir desde que era adolescente. Había tardado dieciocho meses a partir del día en que esa historia, “donde las esteras vuelan, los muertos resucitan, los curas levitan tomando tazas de chocolate, las bobas suben al cielo en cuerpo y alma y los maricas se bañan en albercas de champaña”, comenzó a fluir de la imaginación a la pluma al mismo ritmo que el agua escapa de una tubería rota.

La novela estaba terminada, no le faltaba o sobraba una coma. Pero, a medida que la novela se había ido armando gracias a la creatividad desbordada, la economía del escritor y su familia se caía a pedazos. Debían varios meses de la renta de casa en La Loma 19 del barrio de San Ángel. García Márquez ya le había prometido a uno de sus hijos que compraría leche cuando las cosas mejoraran y su señora Mercedes Barcha había empeñado objetos personales.

Fueron al correo para enviarla a Buenos Aires para su publicación, pero con lo que tenían apenas pudieron mandar la mitad. “Solo falta que la novela sea mala”, le dijo Mercedes cuando pagaron con el dinero de sus últimas joyas empeñadas el envío por correo de la segunda parte de la novela.

Poco después cayeron en la cuenta de que no habían mandado la primera sino la última parte. Pero, antes de que siquiera se les ocurriera cómo conseguir el dinero para enviarla, su contacto en la editorial Suramericana, ansioso de leer, le anticipó dinero para que pudiera enviarlo.

El hombre no se equivocaba porque en el primer párrafo de Cien años de soledad se encuentra toda la novela: su tono, su estilo y la hebra tensaba la novela hasta la última línea del último capítulo. Ese primer párrafo fue escrito 20 años antes que el resto de la obra y no cambió desde entonces.

Puede parecer injusto reducir a un gran escritor a uno solo de sus libros. Y aunque no sea mi obra favorita del Nobel (personalmente creo que no hay ficción que supere a la realidad), es imposible negar que Cien años de soledad se convirtió desde su publicación en un clásico de la literatura. Con autores de la talla de Pablo Neruda afirmando que es “la mejor novela que se ha escrito en castellano después de Don Quijote de la Mancha”, no hay mucho que se pueda pelear.

Pero lo que no debemos perder de vista ahora que cumplimos un año suspirando su ausencia es el legado que nos dejó a todos los comunicadores: “El deber revolucionario de un escritor es escribir bien”. De nada sirve el peso o potencia de nuestras ideas en nuestra mente si (por una coma mal puesta, una ‘H’ faltante o un acento ausente) solo provocamos risa o confusión en quien nos presta atención.

Gabriel García Márquez era grande. Tan grande que cuando la vida se le escapaba tomó la oportunidad para darnos una última lección. El día de su partida fue caótico. La pluma y la grabadora nos pesaron a todos los que cubrimos el suceso. Ese día Gabo sacudió las redacciones de todos los periódicos y alteró, como si de un cuento suyo se tratase, el rol del día. El tema cultural arrasó la agenda mediática como una avalancha y volvió a ser tópico, en una realidad periodística dominada por las guerras, la violencia, la corrupción y la politiquería. Con su propia muerte le recordó a los medios el poder y la belleza de las letras para cautivar y enseñar.

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