Las narices húmedas

Soy una persona de perros. Un doglover si quieren. Suele pasar que uno se enterca en querer algo que siempre le prohibieron. Mi madre nunca me dejó tener un perro cuando era niño, decía que tenía un trauma porque un gato le saltó al abrir un armario. Un gato, no un perro, un gato. Tal vez por eso no me gustan los gatos. Hay algo que me dice que no son de fiar. Esta semana se estuvo hablando mucho de perros, sobre todo por la aprobación del proyecto de ley que sanciona el maltrato animal. Ya era hora que la crueldad y el ensañamiento contra seres indefensos sea delito. Ya lo decía Gandhi: “La grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgado por la forma en que sus animales son tratados”.

Por eso ahora me provoca reflexionar sobre estos amigos peludos, sobre estas narices húmedas que ahora me acompañan mientras escribo estas líneas y sobre cómo abundan en forma de personajes de ficción en distintos ámbitos de la creación humana. Me doy cuenta que esta relación simbiótica que los seres humanos tenemos con nuestros perros debe ser algo totalmente incomprensible para las personas que no les gustan los animales. A los que piensan que son una carga, una responsabilidad innecesaria, una complicación gratuita, les digo que están equivocados. No hay experiencia de vida similar a la de compartir tus días con una criatura que depende enteramente de ti, para la cual su vida inicia y acaba contigo, para quien eres su único referente sobre cómo es la vida. Tú eres finalmente el que le muestra como es sentirse cuidado y querido. Cuando un perro te mira con sus ojos llenos de ternura, lo que busca es saber hasta donde puede llegar tu capacidad de protección hacía otro ser vivo.

La literatura y el cine han representado muy bien esta relación de hermandad que unen a un perro y su dueño. En “Colmillo Blanco” el libro de Jack London, el protagonista es un perro salvaje que demuestra que, a pesar de todas las atrocidades que los seres humanos le causan, termina por perdonarlo todo y redimirse para salvarle la vida al causante de su sufrimiento  y, demuestra así que son ellos lo que realmente saben lo que significa amar. Son pocas las veces que he llorado en el cine y de esas pocas veces, siempre fueron con una película en la que el personaje era un amigo peludo. Cada vez que veo la película “Hachiko” (sobre el Akita japonés que esperó por más de 9 años a que su amo regresara a la estación de tren en Tokio) me quiebro desconsoladamente. Cada vez que regresaba a la estación y esperaba inamovible el retorno del profesor, era un ejemplo de fidelidad y lealtad inigualable. Ya quisiéramos tener a alguien que nos tuviera semejante sentimiento de lealtad. Pero con la película que lloro descontroladamente es con “Marley y yo”, me recuerda a mi Labrador, a mi querido “Lu”, aquel perro loco que me acompañó tantas veces al lado de la bicicleta y que me esperaba despierto hasta que llegara a casa. Espero que donde esté, sea tan feliz como yo fui a su lado. Fue mi primer perro, en realidad era de mi hijo, a él se lo regalaron, pero como suele suceder, terminé por cuidarlo yo.

Me pone meláncolico recordar todo esto, así que acabaré con lo siguiente: Nunca compren un perro, adopten uno o esperen a que alguien se los regale. Dense la oportunidad de experimentar un amor inmenso e incondicional, un amor que experimento cada vez que llego de la universidad tarde y cansado y un par de Schnauzers (madre e hija) se me abalanzan como si hubiera llegado de un viaje de varios años. Un amor tan grande, merece ser contado, filmado, escrito en líneas como estas, aunque ellos nunca las lean.

 

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