La curiosidad no mató al gato

Vanessa Carrillo


Tenía siete años y se me salió un diente. Recuerdo, en ese contexto, que me dijeron que el ratón de los dientes no existía. Quedé muy intrigada y decidí esperar la noche en el lugar donde, en teoría, dicho traicionero aparecía para llevarse mi diente y dejar regalos. La curiosidad de confirmar tan vil verdad hizo que no pegara el ojo en toda la noche y que descubriera que era mi papá el que hacía la magia.

Cuando somos bebés –y antes de crecer y formar parte de una serie de prohibiciones, normas y reglas impuestas– no nos frenamos ante el impulso de curiosear y aprender.

Si partimos de la definición de la RAE, la curiosidad es el deseo de alguien por saber o averiguar sobre lo que no le concierne. La mayoría de nosotros, sobre todo los comunicadores, nos pasamos la vida investigando y nunca creemos haber llegado al límite de nuestro aprendizaje. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuál? ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Dónde?

Cuando una persona pregunta demasiado sobre algo o alguien, siempre sale la famosa frase “la curiosidad mató al gato”. Ésta tiene origen inglés y viene del siglo XVI, del texto original Curiosity killed the cat. Sin embargo, la expresión viene del Care kills a cat y a medida que pasó el tiempo, el care se cambió por curiosity. Traducida –y relacionada con la medicina– se refiere a que la excesiva preocupación es mala para la salud, tanto que es capaz de enfermar y dejar morir. La contradicción de usar “al gato” es porque son animales cautelosos y cuidadosos en cada movimiento.

En 2001, un estudio en el Annual Positive Psychology Summit, demuestra que los individuos que son extremadamente curiosos, experimentan grandes niveles de satisfacción. Además, sus relaciones interpersonales son más positivas. ¿Por qué será esto? ¿La curiosidad no mata al gato?

Albert Einstein nos dice: “lo importante es no dejar de cuestionarse. La curiosidad tiene su propia razón de existir”. Este aprendizaje lo traslado a mi vida. Cuando tengo la oportunidad de ir a una ciudad nueva siempre me meto en algún supermercado (y por horas) para observar cómo distribuyen los productos (¿eso me hace loca?). Otra cosa que hago es subirme al transporte público y entrar a algún bar a tomar algo. Observo… y no solo se trata de mirar y ya, sino de analizar lo que ven mis ojos. Así interpreto conductas que son ajenas a las mías.

Cuando estoy en casa, en mi contexto cotidiano, si me entero de alguna exposición de arte o estrenan alguna película, voy. Si hay un concierto de mis géneros favoritos, voy. Si hay una bici salida temática, voy. Si hay una presentación de un libro, voy. Voy, voy, voy… y observo.

Regreso a mi infancia. La curiosidad por aprender y tener referentes (de todo) probablemente es una filosofía en mi vida. Se dice que ir indagando sobre todo es necesario para nuestra supervivencia. Y lo es. Sobre todo para los comunicadores.

La curiosidad se convierte en el punto de partida para identificar insights para conectar con las personas para las que diseñamos un mensaje. Conociendo diferentes contextos podremos aterrizar mejor las ideas. Leyendo libros, sumergirse en historias… nos llenan de más referentes aun.

Así que la curiosidad no va a matar al gato… nos llenará de conocimiento y nos hará más interesantes.

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