El silencio que rompe el mundanal ruido

César Pita


Pawlikowski se sentía perdido durante la última ceremonia del Oscar. Y lo dijo cuando subió las escaleras rumbo a la gloria mediática de Hollywood: “¿Cómo llegué aquí?”. Las palabras que articuló después son una daga al corazón mismo de la industria y de los gustos cinematográficos de los últimos años: “Hicimos una película acerca de la necesidad del silencio, el retiro del mundo y la contemplación, y aquí estamos en este centro del ruido y de la atención”. Toma mientras.

¿Cuántas veces tienes la oportunidad de estar cerca de un reciente ganador del Oscar? Súmale a ello que se trata del autor de una película espectacular y conmovedora. Pawel Pawlikowski, merecedor de la estatuilla dorada a la Mejor Película en Lengua Extranjera por Ida, viene al Perú en el marco del festival de cine Al Este de Lima con el propósito de brindar una clase maestra sobre dirección y guión a un grupo reducido de personas. Es como si tu cantante favorito estuviera al alcance de la mano y pudieras preguntarle qué pasó por su cabeza al momento de escribir ese himno sonoro que resuena en tu cabeza.

Pero Pawlikowski no es cualquier estrella de rock. No es Gene Simmons sacando la lengua o Miley Cyrus tratando de articular alguna estrategia que le permita estar en boca de todos. Más bien es como una presencia invisible que hiere el corazón y no te deja tranquilo. Algo como Jeff Buckley o Nick Drake. Aunque si queremos ponernos menos sombríos – los dos autores antes mencionados están muertos– se acercaría a una suerte de Win Butler o Robin Pecknold.

Pero no te engañes: Pawlikowski no hace música. Lo suyo es el mundo de las películas. Pero ambas formas son manifestaciones del arte, de la sensibilidad humana. Y es como si en medio del mundanal ruido, del artificio, del efectismo, de la sobreproducción y del facilismo estético, irrumpa de pronto una mirada que propone una suerte de vuelta al pasado en la puesta en escena: una película intimista, en blanco y negro que le da al silencio un protagonismo que envuelve y grita.

Los ecos polacos no se hacen esperar. Krszysztof Kieslowski es lo primero que acude a la cabeza del cinéfilo promedio, quien recuerda el descubrimiento a los personajes a partir del aparente encubrimiento de los mismos: el secreto que se revela a medida que vamos conociendo al otro, conviviendo con cada una de las creaciones del director. Pero el caso de Pawlikowski es distinto: él no oculta y más bien nos hace partícipes del viaje que emprende Ida con el propósito de encontrar sus propias raíces.

Ella estaba segura de lo que era, hasta que la evidencia de una identidad oculta por muchos años la impelen a un proceso de autodescubrimiento. Ella, consagrada a Dios como una esposa más en su calidad de monja, se enfrenta a un mundo de violencia y al develamiento de su propia condición de mujer. Ella, sola frente al mundo, choca con un pasado familiar materializado en una tía alcohólica que ha perdido el rumbo de su vida. Los personajes, como si llevaran sobre sí el peso del mundo, son ubicados por el director en la zona inferior de la pantalla, aislados, casi fuera de cuadro, con una porción extensa de cielo sobre sus cabezas. O aspiran a la trascendencia o algo les falta.

La necesidad de rehacerse, el viaje de descubrimiento interior, la búsqueda que resulta dolorosa, el recogimiento religioso que quiere dar respuestas pero que fracasa en su intento, traen a colación el eco de Ingmar Bergman: un cine de naturaleza metafísica. Es, en todo caso, un relato que invita al espectador a cuestionarse sobre sí mismo. Poco importa si conocemos o no el contexto político en el que se sitúa la película. Estamos ante una narración que nos habla de seres humanos, de nuestras propias dudas y debilidades.

Porque la vida no se reduce a Avengers ni a Rápidos y furiosos, chapa tu entrada para ver a Pawlikowski. Pronunciar su apellido es un desafío; ver Ida es uno de los mejores regalos.

© Apéndice de Bork. 2015

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