Dime lo que publicas y te diré quién eres

Para leer y llevar


Es increíble cómo la información puede circular de forma rápida y más aún a través de alguna red social (ya sea Facebook o Twitter). El pasado viernes 12 de setiembre, el exsecretario de Desarrollo Social Municipal del Partido Nacional, Carlos Manuel Treviño Núñez, trató de “simio” a la ahora estrella del Querétaro, Ronaldihno Gaúcho a través de Facebook. El equipo de la ex estrella del Barcelona ha pedido la sanción respectiva.

Nosotros a diario solemos colocar y compartir información en nuestros muros. Esta puede dejar de ser privada para convertirse en pública con tan solo un clic. A pesar de que pueda ser vista únicamente por nuestros “amigos”. Muchas veces se nos olvida esto y pecamos. Cuando algo acontece en nuestra vida empezamos a ser invadidos por nuestros impulsos y cometemos muchas veces el error de publicarlo. No pensamos y colocamos lo que sentimos en ese momento. Puede ser un insulto o alguna indirecta para tu pareja (si es que pelearon), entre otras cosas. No nos damos cuenta de los problemas que esto podría traer consigo. No pensamos bien en qué es lo que vamos a publicar y qué podría pensar la gente a la cual tenemos como “amigos”.  Puede ser que al final nos cataloguen como enfermos, locos o muy escandalosos.

De acuerdo a lo que publicamos, podremos recibir algún tipo de calificativo (están los románticos, los periodistas, los comentaristas deportivos, los agresivos, los juergueros, entre otros). Es más, tan solo con poner nuestros gustos podemos decirle mucho a nuestros “amigos” o a los que recién nos acaban de agregar. Eso sí, hay que cuidarnos de las personas que nos agregan sin tener algún tipo de relación con nosotros. Nunca está de más protegerse.

Pero, ¿nos hemos puesto a pensar a dónde pretendemos llegar con esto? ¿Qué podría significar no solo colocar alguna información sino algún comentario? Puede ser que intentemos ser reconocidos por nuestros amigos o tratemos de llamar su atención. Cuando colocamos algún problema que hayamos tenido, tratamos de obtener algún tipo de reacción solidaria por parte de ellos. Probablemente queremos una especie de “abrazo” (algún comentario) o algún aplauso (“like”). ¿Pero realmente sirve publicar nuestros problemas en Facebook? No. Ello, al igual que el alcohol, no solucionará para nada nuestros problemas. Al contrario, seremos presa de los comentarios de algunas de nuestras amistades en Facebook. Posiblemente ya nos estén empezando a calificar como “locos” o seamos tema de conversación por “inbox”. El Facebook no achica los problemas, los agranda. Lo que pudo haber comenzado como un simple comentario o una simple imagen podría agrandarse mucho más. Y lo peor de todo: nunca será borrado. Si alguien vio tu comentario, este podría quedar para siempre en la mente de las personas o de tus “amigos”, quienes podrían tan solo hacer un copy y paste de la pantalla. Y adicionalmente a ello, podría ser difundido en los próximos minutos.

Nunca estará de más pensar antes de publicar, dicen.

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Lo publiprivado

Para leer y llevar


“He probado cocaína, era una época bohemia”, fueron sus declaraciones un sábado por la noche.

Todos mis fines de semana suelen ser tranquilos. Me dedico a leer, a ver series por Internet, a veces salgo pero solo a caminar, al cine o a comer algo. Algunas veces no me queda más remedio que ver lo que transmiten nuestros canales nacionales. Uno de los programas que rara vez suelo sintonizar es El valor de la verdad, que este fin de semana tuvo como invitada a Magaly Medina y que cambió su nombre –momentáneamente– a La hora de la verdad. Fue en este espacio televisivo que la reconocida periodista de espectáculos reveló muchos detalles de su vida privada, entre ellos, las declaraciones citadas al comienzo de este artículo. Fue una entrevista de destape y que, como era de esperar, cautivó a más de uno.

Una pregunta que se me vino a la mente, después de ver el programa, fue ¿cuándo la línea que dividía lo público de lo privado dejó de existir? ¿Cuándo es que nos convertimos en fieles seguidores del morbo que suscitan este tipo de programas? Día a día nos topamos  con Esto es guerra, Combate, El valor de la verdad, e incluso El gran show (que este año integró entrevistas con un formato parecido al de su rival en el mismo horario), quienes dan a conocer detalles irrelevantes de sus concursantes, que en la mayoría de casos deberían quedar en la esfera íntima, pero son los propios protagonistas de estas “novelas” quienes se prestan para esto. Recordemos cuando el popular programa de canal 4 transmitió en vivo el parto de una de sus concursantes lo cual, en su momento, generó más de una crítica.

Esa línea que antes era muy marcada y gruesa hace muchos años atrás, ha ido desapareciendo poco a poco. Y esto no solo se da en la televisión. Las redes sociales hasta nos confunden acerca sobre lo que debemos publicar. Pongámonos a pensar un momento. La mayoría de personas que tienen acceso a Internet tienen un Facebook. Cuando tuviste un pésimo día y necesitas el aliento de por lo menos alguien, ¿qué es lo que sueles hacer? Publicas, tal vez no detalladamente lo que te pasó, pero si, tal vez, alguna frase que haga mención al pesado día que tuviste. Es increíble lo confuso y contradictorio que puede ser esto. Controlas “tu privacidad”, es decir a quiénes quieres dejar ver determinada información, pero cuando lo haces publicas aquello que según tú es relevante que tus amigos y los amigos de tus amigos conozcan. Algunos, incluso, sobrepasan el límite y colocan lo menos irrelevante. Resulta muchas veces una molestia tener que recibir “notificaciones” a cada momento.

En una era donde el consumidor tiene el poder, es muy difícil controlar qué es lo que realmente alguien debe saber y qué es lo que realmente se debe publicar. Así le digamos a nuestro público que debe saber más acerca de la Ley Universitaria, muy probablemente no lo haga puesto que esta persona estará más interesado en saber sobre el último escándalo que se haya suscitado en algún reality de su preferencia. Lo único que nos queda es adaptarnos y ser más precavidos. En mi caso, trato de no publicar muy seguido en Facebook. Pienso mil veces antes de hacerlo y me hago la pregunta de siempre: ¿qué de relevante tiene aquéllo que voy a dar a conocer? Hagámonos esa pregunta antes de publicar cualquier cosa en una red social. Incluso, quién sabe, antes de dar alguna declaración en televisión.

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Los espacios en blanco

Hablando del Orinoco


Hace dos años una de mis alumnas tuvo la osadía de mandarle una invitación a mi esposa por Facebook para que sea su amiguísima. Ella se mostró extrañada de recibir una notificación de una chiquilla de 17 años. ¿Se trataba de alguna hija negada? No. Era el comportamiento natural de una nativa digital que quería tener como contacto al personaje clave que el profe usa de ejemplo en sus clases.

La invitación, como era de esperarse, fue denegada ipso facto. A mí el hecho me pareció muy gracioso y por eso publiqué un post en el Facebook de mi curso que decía: “Por favor, se ruega a los alumnos que se inhiban de mandar invitaciones pecaminosas y fuera de lugar a mi esposa porque no la comparto con nadie. Ubíquense, por favor. Gracias”. Como los alumnos toman a la broma todo lo que les digo (y se los digo en serio), lanzaron serias carcajadas como respuesta. Pero hubo alguien que no rió: la alumna que mandó el mensaje de invitación.

El pedido de disculpas no tardó en llegar. Literalmente la alumna faltosa escribió en el Facebook lo siguiente: “lo siento profesor no fue mi intención incomodarle con la publicación que coloque” (sic). Sus palabras sinceras llegaron a mi corazón y quise ponerle paños fríos a la situación respondiendo textualmente: “Ja, ja. No te preocupes”. Craso error.

Al día siguiente, al llegar al aula, la clase entera era un cementerio abandonado. El mutismo y las caras de miedo llamaron mi atención. Ante tal silencio solo atiné a preguntar qué pasaba. ¿Acaso iban a estrenar una nueva película de la saga Crepúsculo? La respuesta me dejó perplejo: “Profesor, es que usted está molesto”. Y yo no estaba enojado. ¿Cuál era el indicio que les empujaba a creer eso? “La respuesta que le ha dado a nuestra compañera en Facebook”. Revisé con ellos la página de la clase y la clave estaba en una partícula de mi mensaje: “Ja, ja”. Y es que en la vida real nadie se ríe con comas y espacios. En la vida real las risas en buena onda no tienen pausas; son una sucesión imparable de monosílabos. La gente se ríe “jajajajajaja” y no “ja, ja”. Solo los villanos lanzan carcajadas con espacios en blanco: Skeletor, el Guasón, la bruja de Blanca Nieves y Mumm Ra. La risa con pausas es sarcástica, demoníaca, traicionera y esconde segundas intenciones.

Condicionado por mi educación católica, apostólica, romana, lineal, formal y respetuosa de la RAE, pienso que se debe escribir de acuerdo a la norma. Pero las nuevas generaciones construyen mensajes basados en la sonoridad de una frase. Eso aporta una cualidad paralingüística a la escritura virtual y genera una actitud transgresora francamente deliciosa. ¿Quién hubiera pensado que este retorno a la ingenuidad de la palabra develaría una nueva normativa de comunicación?

Los chicos escriben como hablan o como escuchan, lo que implica un retorno a la inocencia de la primera oralidad. Sin vergüenza se despercuden de las ataduras del lenguaje y generan ¿vocablos? que se entienden más allá de la evidencia del error escritural. Y esa comunicación es pura. Por eso, como solo quienes se creen dueños de la verdad ponen punto final a las discusiones, esta columna termina sin punto

© Apéndice de Bork. 2014

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