All about mi madre

Manolo Vergara


Yo amo a mi mami y mi mamá me mima. Probablemente sean las dos primeras oraciones que aprendí de niño, completitas, sin comerme ninguna sílaba. Es que para un niño, y sobre todo para un bebé, pronunciar la palabra “mamá” es casi tan natural como respirar. Pareciera que la filiación que tenemos con el primer rostro que vemos en nuestros primeros segundos de vida la tenemos tan asociada en nuestro corazón que nos brota todo el amor apenas percibimos su presencia. Supongo que la cara que yo ponía y que mis hijos ponían cuando veían a su mamá no debe haber cambiado mucho; seguimos y sigo mirándola con un aire de ternura y agradecimiento.

Siempre he sentido que la celebración del día de la madre queda corta. Me parece que no basta un segundo domingo de mayo para festejarla. Tal vez sea esa necesidad de mostrar el “amor más grande del mundo” lo que hace que muchos cineastas se hayan decidido por contar historias teniendo a una madre como protagonista. Quiero revisar ahora algunas figuras maternas de película a manera de homenaje hacia la mía (aunque nunca sea suficiente) porque a lo largo de mi vida me he identificado mucho con la relación que tienen esas madres de ficción con sus hijos.

La primera relación que se me viene a la cabeza no es la más normal. La “madre” de Norman Bates siempre me venía a la cabeza cada vez que conocía a una chica. Tenía la celosa vocecita de mi madre en la cabeza diciéndome que “esa chica se estaba aprovechando de su inocente hijito”. Seguro estoy exagerando, pero me imagino que alguna terapia psicoanalítica resolverá esto porque en el fondo son las consecuencias de una sobreprotección extrema, aunque nunca tanto. Porque al final de cuentas, el mejor amigo de un niño es su madre, ¿no?

Me imagino que una madre siempre sentirá predilección por alguno de sus hijos; es decir, los quiere a todos por igual pero siempre tendrán a su engreído. No tengo pruebas, pero quiero pensar que yo soy ese hijito para mi madre. No creo que mi hermano se ofenda. Como mucho, lo invadirán unos celos inmensos o algún traumita quedará (pero no es verdad hermano, lo sabes). Sin embargo, la cosa se complica cuando la vida somete al personaje materno a una situación extrema. Y eso es lo que le ocurre a Meyrl Strepp en Sophie´s choice, recluída cuando un maldito oficial nazi la pone en la inimaginable situación de tener que elegir entre salvar la vida de su hijo o la de su hija. Si no escoge a uno, morirán los dos. ¿Puede alguien sobrevivir a eso?

La última relación madre-hijo que tengo muy presente es la de Esteban y Manuel, la madre que interpreta Cecilia Roth en Todo sobre mi madre. Me gusta todo lo que sucede entre madre e hijo antes de que atropellen al muchacho (por obvias razones). Cuando él mira esa foto de su mamá joven y descubre lo poco que sabía sobre ella, me hace recordar cuando yo también encontré una foto similar en la que mi madre tenía unos 20 años, estaba frente al mar, con sus pantalones acampanados, con su pelo largo lacio y con cerquillo, bien a la moda setentera y fue ahí que entendí que ella también había sido joven, como yo, que había pasado seguramente por lo mismo que yo, que podría llegar siempre a entenderme y sentí que la conocía un poco más, que la quería un poco más, aún si eso fuera posible.

Al final nunca llegaremos a conocer del todo a nuestra madre. Creo que ahí radica mucho del amor inmenso que sentimos por ella, en que siempre será un libro abierto. Y aunque nosotros seamos parte de varias de las historias ahí escritas, lo que nuestras madres fueron antes de ser nuestras madres es lo que realmente nos fascina, porque con cada página que leemos nos acercamos un poco más a ellas.

Si el domingo a la mamá le provoca ver una película con ustedes. ¿Cuál escogerían?

Denunciemos a Onur

Manolo Vergara


No he visto ni un solo capítulo completo de Las mil y una noches (y ya está por acabar). Por lo tanto, no pretendo hacer ningún análisis valorativo de la mencionada telenovela. Tampoco deseo hacer ninguna afirmación basado solo en lo que leo por ahí. Aunque mi profesor de universidad Eduardo Adrianzen haya afirmado que es conservadora y machista, no considero que sea suficiente para decir que efectivamente lo es. Pero debido a la alta sintonía, sobre todo en personas adultas del género femenino (mi madre y mi suegra son fanáticas), me ayuda a reflexionar sobre lo permisivo que son los medios y en especial los productos audiovisuales con reforzar situaciones que promueven el acoso sexual y la violencia hacía la mujer.

Obvio, estoy exagerando. Es decir, no creo que ningún gerente salga ahora a ofrecerle a sus trabajadoras 75 millones de liras turcas (no sé cuánto es eso, pero espero sea bastante) por pasar una noche, como lo hizo Onur con Sherezade. Claro, las defensoras me dirán que “no sabía para qué era la plata”, pero eso no es importante. El abuso está en el ofrecimiento. Si sabiendo para qué era el dinero le hubiera propuesto lo mismo, estaríamos hablando de un depravado sexual y no del sultán por el que todas se derriten. Aunque al final él se sienta mal y se arrepienta y busque protegerla mostrándole cuánto la ama, esa relación tuvo un inicio violento y abusivo hacia una mujer. Por lo tanto, ¿es casualidad que una telenovela con este tipo de temática tenga tan buena acogida en varios países de Latinoamérica? ¿Donde justamente los índices de acoso sexual laboral y callejero son elevados y la violencia es un martirio diario que sufren miles de mujeres en distintas esferas de la sociedad?

Actualmente en el Perú se ha promulgado la ley contra el acoso sexual en espacios públicos. Ha sido criticada por congresistas impresentables tomándolo a la broma, como seguramente lo hemos hecho varios hombres, incluyéndome, creyendo que “ya nadie podrá decirle nada bonito a una mujer en la calle”. Y claro, lo subjetivo está en la apreciación de que lo que es bonito para uno puede no ser bonito para una mujer. Me hicieron reflexionar y caí en cuenta luego de escuchar esta inteligente intervención de la congresista Verónika Mendoza: que el acoso a una mujer, en cualquiera de sus formas, es un DELITO. Este acoso es el primer paso hacía una posible escalada de violencia. Si no respetas a una mujer en la calle, seguramente menos la respetarás en tu casa, en tu trabajo, en cualquier lugar. Y por suerte esta ley es disuasiva. Ahora cualquier obrero de construcción que quiera piropear a tu amiga, hermana o hija, lo pensará dos veces. Ahora por lo menos varios ministerios tendrán la misión de proteger a las mujeres, algo tan necesario en una sociedad como la nuestra, llena de esposos pegalones y violadores feminicidas en potencia.

Aunque en la ficción tratemos de endulzar el tema relativizándolo o justificándolo porque existe el amor, estamos generando un precedente peligroso. Ni el amor debe ser justificación para abusar, maltratar o violentar a una mujer. Ejemplos de esto los tenemos en este libro. Aunque yo crea que entre las virtudes de una mujer también deben estar la combatividad y la capacidad de defenderse sola, no existe razón alguna para no darles la protección que se merecen y que se han ganado. Nuestro deber como hombres y básicamente como sociedad es permitirles ser todo lo mujer que quieran ser, en la total libertad y confianza de hacerlo sin peligro alguno.

Que comience el juego, de nuevo

Manolo Vergara


Acá en Lima el verano no se quiere ir, pero en Westeros Winter is coming. Este domingo 12 de abril en la noche se estrena la quinta temporada de Game of thrones. Probablemente el estreno más esperado del año (sí, más que Avengers 2). Si no sabes de qué serie estamos hablando significa que debes haber estado cuatro años encerrado sin acceso al cable o a Internet o que simplemente careces de buen gusto. Así que hazte ver o busca al toque en la web las temporadas anteriores para ponerte al día. Claro, siempre y cuando dispongas de 40 horas (la madre de todas las maratones seriéfilas te espera). No te arrepentirás, lo prometo.

No pretendo ahora comentar por qué GoT me parece la mejor serie jamás escrita para la televisión ni por qué mi fanatismo es tal que le he pedido a mi esposa innumerables veces que se tiña el pelo de rubio y me deje llamarla Khaleesi. Solo quiero dejar sentado en estas líneas que me siento afortunado de poder ver en vivo y en directo este acontecimiento mundial sin que nadie me lo cuente, sin tener que verlo años después en Internet y poder sentarme frente a mi televisor durante diez domingos seguidos y darme cuenta que es posible tener un teleorgasmo con cada diálogo y giro de la historia en simultáneo con millones de personas en el mundo.

La serie está basada en la serie de novelas Canción de hielo y fuego del escritor George R. R. Martin y fue creada por David Benioff y D. B. Weiss para la cadena HBO allá por el lejano abril de 2011. Ellos escriben los guiones y también son los productores. Cuenta la leyenda que cuando se acercaron a Martin para proponerle hacer de sus libros una serie de televisión el escritor, para poner a prueba sus conocimientos, les hizo una pregunta: “¿Quién es la madre de Jon Snow?”.

No pienso discutir con los que han leído los libros. Yo no los he leído y espero no hacerlo pronto. Aunque confieso que alguna vez leí foros de las novelas para ver qué pasaba con los personajes en las novelas. Soy amante de los spoilers, qué le puedo hacer. Igual me impacté por la boda roja, como todos, ¿no? Y también gocé a más no poder cuando envenenaron al personaje más antipático jamás creado. A tu salud Joffrey (este… lo siento, muere en la cuarta temporada).

Si tuviera que escoger razones por las que me gusta esta serie serían dos: los personajes femeninos y la inversión de las expectativas. En GoT las mujeres son fuertes, son inteligentes, son bellas, son maquiavélicas y son divinamente impredecibles. Basta con ver el largo camino de Samsa y Arya Stark de la primera temporada a la cuarta y ni hablar de la Madre de Dragones, personajes irresistiblemente perfectos. La inversión de expectativas se resume con lo siguiente: “todos los buenos y malos mueren”, tan simple como eso. Cuando piensas que hacer lo correcto y ser honesto es lo indicado te das cuenta que terminas por perderlo todo, hasta la cabeza, y cuando eres extremadamente despiadado y parece que estás por encima del bien y del mal, terminan por perforarte el estómago en la posición más vulnerable. Ya lo decía Cersei Lannister: “En este mundo, cuando juegas a los juego de tronos, o ganas o mueres”. Buen fin de semana. Valar Morghulis.

La penitencia de Semana Santa

Manolo Vergara


Nunca me he considerado un católico practicante. Aunque siempre he sido bastante espiritual, no comparto muchas ideas y dogmas que impone la Iglesia. Sin embargo agradezco mucho a mi madre haberme inculcado desde niño muchos de los valores cristianos que ahora yo intento inculcar en mis hijos. El primero que me viene a la cabeza es el respeto por la Semana Santa. Aunque mi relación con esta celebración ha sido bastante irregular, este año en que mi hijo menor hará la primera comunión muchos recuerdos de aquellas épocas me vienen a la cabeza.

La Semana Santa en mi casa comenzaba el Domingo de Ramos, con mi ramita de olivo en la mano, agitándola cual bandera mientras la bendecían junto con otras al frente de la parroquia de San Miguel. Nunca tuve dos iguales, las coleccionaba hasta que tenía que botarlas todas amarillentas y resecas. El Jueves de la última cena pasaba como un día normal. Luego llegaba el Viernes Santo, día donde recordamos la pasión y muerte de Cristo y cada minuto del día ese sentimiento de pena y pesar debía estar presente. Nada de carne roja y silencio respetuoso para una reflexión profunda. Para mí ese día comenzaba, obviamente, sin desayuno, sin pan ni leche. Cualquier cosa vinculada con una vaca era mal vista. El almuerzo siempre era algún tipo de pescado preparado de alguna forma que te hiciera sentir culpable. Escabeche o sudado, nunca en ceviche ni frito. En el año del cólera, me hicieron tragar bacalao seco importado y aunque lo preparaban según la receta de algún párroco vizcaíno, era como comer un fósil humedecido, un trance digno del sufrimiento que se debía sentir en esa fecha. Ya en la universidad, con una actitud más crítica hacía esta celebración, intenté hacer ayuno durante los cuatro días. No llegué al tercero. Agreguemos a eso, además, que estaba de campamento (semana tranca que le decían) y el licor me tenía deshidratado. Nunca estuve tan cerca como aquella vez de purificar mi alma.

En años previos al cable, al Internet y a Netflix, si querías ver televisión en Semana Santa no había alternativa posible a la programación de canales nacionales. Quienes hayan crecido fortalecidos por la evangelización de nuestra parrilla en esos días santos sabrán de qué les hablo. La mañana comenzaba siempre con El evangelio según San Lucas, que tomaban escenas completas de la película La vida pública de Jesús (1979), encarnado por Brian Deacon y producido por un grupo evangélico. Esta versión de la vida y milagros de Jesús es la que me traslada a mi infancia de forma automática. La narración sobre la voz en hebreo o arameo han quedado tatuadas en mi mente. Mejor que cualquier catequesis sabatina. Luego venían Los 10 mandamientos (1956), en la primera de dos apariciones de Charlton Heston en el día. A la hora de almuerzo alguna vez también llegaron a poner la versión reducida de la miniserie Jesús de Nazareth (1977) de Franco Zeffirelli, una obra de arte muy fiel a los evangelios (la versión original dura más de 6 horas). En la universidad descubrí El evangelio según San Mateo (1964) de Pasolini, neorrealismo italiano, muy sofisticada para pasarla en la tele. La tarde santa de tele siempre se coronaba con El manto sagrado (1954)  para dar paso a la tradición de quienes regresaban de misa de seis y tenían cerca de tres horas y más para quedarse frente a la tele y ver la terrible venganza por despecho de Messala a Judah en la segunda aparición del chato Heston en este día, la clásica de clásicas Ben Hur (1959). Es imposible imaginarnos una Semana Santa sin esta película programada.

Es alucinante cómo uno puede condicionarse con ciertos estímulos externos y programarse mentalmente para que todo fluya y sienta ese día como debía sentirse. Así es la Semana Santa con la comida y con lo que se programa en los medios en esos días. No hay penitencia sin comer pescado y no hay arrepentimiento sin largas horas viendo momentos bíblicos que nos recuerdan, durante una semana al año, que no somos una sociedad del todo laica. Y aunque mis hijos están en un colegio católico, al menos han crecido algo más críticos sobre su religión. ¡Feliz domingo de resurrección!

La televisión que nos merecemos

Manolo Vergara


“¿Alguien ve televisión nacional?”, interrogué. Hubo un silencio prolongado, de esos que se producen cuando acabas de preguntar algo que ya sabes la respuesta. Y me quedo preocupado. No solo por el hecho de que el problema de la calidad de contenidos de nuestra televisión de señal abierta no es un tema de análisis relevante para nuestros universitarios, sino que son justamente los estudiantes de comunicación, desde sus distintas especialidades, los llamados a revertir de alguna manera el futuro de ese medio de comunicación que no ven.

Los canales de televisión de señal abierta utilizan el espectro radioeléctrico que pertenece a todos los peruanos, por lo menos a los que pagamos impuestos. En ese sentido, ellos solamente administran ese uso concedido por el Estado. Si los ciudadanos estamos descontentos con esa administración tenemos el derecho de protestar, marchar y quejarnos para que finalmente se haga algo ya que ese espacio nos pertenece. Pero, ¿qué se puede hacer?

Esas respuestas facilistas y evasivas del tipo “no lo veas”, “cambia de canal”, “ponte trío” no toman en cuenta que aún existen jóvenes que no tienen la oportunidad de ver cable, tener Netflix o descargar la serie de moda. Son a quienes no les queda otra que encender el televisor y soplarse horas y horas de programas informativos que no informan, que no le dan una verdadera imagen de la realidad, que simplemente le muestran que está bien ventilar intimidades, manchar honras y denigrar a menores de edad, haciendo del bullying televisado una forma de alcanzar un ansiado viaje de promoción. ¿Dónde están los padres y maestros de esos adolescentes? Alentando desde la tribuna. Es decir, los llamados a proteger a esos chicos los dejan a merced de inescrupulosos productores, que harán cualquier vejación imaginada con tal de levantar uno o dos puntos de rating, a manos de ese seudopublicistamarketero pragmático y carroñero que hace de todo con tal de que su producto sea visto por más gente. Aunque sabemos que la medición del rating es una ficción poco entendida.

Por eso la Unicef se ha pronunciado: porque se está vulnerando no solo el horario de protección al menor (ahora se utiliza para divertirse a costa suya) sino los derechos fundamentales incluidos en la Declaración de Principios Sobre los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes en los Medios de Comunicación.que el Estado peruano, los titulares de los medios de comunicación, la Asociación Nacional de Anunciantes, la Sociedad Nacional de Radio y Televisión, Save the Children y UNICEF suscribieron el 22 de noviembre de 2012.

Los controles de contenidos o censuras cargan la balanza hacía criterios elitistas de pocos moralistas culturosos que tienen, tal vez, ideas erradas sobre lo que se puede considerar buena televisión. Se puede discutir si la televisión tiene una función social, pero lo que se debe buscar es variedad de oferta. Quizás la clave para conseguir una mejor televisión esté más en la actitud que tenemos frente a ella. El popular dicho de “darle a la gente lo que le gusta” no puede seguir marcando la pauta informativa (embruteciendo aún más a un público con bajo nivel educativo) y menos puede ser el criterio de futuros comunicadores que deben asumir un rol protagónico como agentes de cambio. Debemos concebir este medio como un espacio que responda a intereses diversos. La televisión que tenemos no es un reflejo de la sociedad (que cada vez ve menos televisión de señal abierta) sino la perpetuación del gusto de algunos pocos, considerados muchos, que ganan dinero a toda hora y en todo canal. Definitivamente nos merecemos algo mejor.

El Grinch peruano que no pudo robarse la navidad

Todo tiempo pasado fue mejor


No me gusta la época navideña. No estoy seguro de si la razón sea la abundante cantidad de luces navideñas con villancicos que la gente ha decidido colocar en las fachadas de sus casas, en sus ventanas y en sus jardines. Tampoco creo que sean las interminables filas de cajas de panetón de toda marca o color que abundan en los supermercados. Mucho menos creo que se deba a la avalancha de publicidad, mensajes subliminales y comunicación recibida con motivos navideños de las cuales no tengo forma de escapar. Creo que no me gusta simplemente porque nunca me ha gustado.

Tendrá que ver tal vez con que esta época del año me trae recuerdos, de los buenos y de los malos también. Crecer con la crisis financiera de los ochentas tenía como consecuencia directa dos cosas: una cena navideña austera y un solo regalo navideño. En aquellos días era impensable el pavo de ocho kilos que en promedio se come una familia limeña. Un pollo al sillao bien pechugón y horneado en la casa era suficiente y el único panetón se comía en el desayuno con mantequilla y mermelada. Lo del regalo único, que ahora trato de inculcar en mis hijos, tiene que ver con que la calidad y significación de lo regalado era más valioso que la cantidad de regalos que recibías. Una navidad mi mamá me regaló (fue el único regalo de ese año) un cassette original de salsa cubana. Hasta ahora recuerdo todas las canciones. Y que lo tenga tan presente es señal de lo mucho que significó para mí en esa época tan difícil. En ese entonces no importaba tanto el regalo como la acción de regalar y eso como valor se está perdiendo entre tanta bonanza económica y frívolo consumismo.

Llegó la adolescencia y la navidad fue sinónimo de regalos que nunca me gustaron (polos, sobre todo) y una noche buena llena de fuegos artificiales. Ahora que no consigo emocionar con ninguno de mis regalos a mi hijo adolescente, comprendo que la vida es cíclica y lo que tus padres sufrieron ahora lo sufro yo. No hay nada en el mundo que le puedas regalar a tu hijo adolescente que le guste si es que no lo ha pedido. Pasa también que te vuelves viejo y los fuegos artificiales ya no te gustan y te desespera tener que sedar a tus perros porque a alguien se le ocurre seguir reventando cohetes hasta las 4 de la mañana. Tú cambias, la navidad no. Es más, se vuelve peor.

Algo que finalmente terminó por definir mí desagrado total por estas fechas fue cuando por primera vez en mi trabajo escuché las palabras “intercambio de regalos y amigo secreto”. Los que me conocen saben que jamás me gustó, gusta o gustará participar de esta “tradición laboral”. Cuando he tenido que participar lo hice obligado, de mala gana y fui el peor amigo secreto de la historia moderna. Aunque ningún amigo secreto mío se podrá quejar del regalo recibido, esto de dejar pistas, obsequios semanales y adivinar quién diantres es el que regala me parece una pérdida de energía y tiempo innecesaria y una forma forzada de promover “armonía laboral” entre colaboradores que tienen poco o nada en común. Nunca oculté mí desgano por participar. Es más, amigas mías muy cercanas fueron víctimas de mis ironías y desplantes al momento de recibir sus regalos. Así que esto terminó por completar el perfil de Grinch peruano que me he ganado y el cual asumo con mucho orgullo pues es cierto: lo soy.

Tal vez en el fondo lo que no me gusta de esta época es que la gente se olvida que lo importante de la navidad no son los regalos exclusivos ni la cena rica con tu ensalada de papa y puré de manzana. Lo importante es pasarla con las personas que son importantes para ti, darles un abrazo a las 12 y sentir que no hay un mejor lugar para estar en navidad.