¿Campeones del festejo?

Para leer y llevar


Palabras soeces y explosión de energía. Todo eso se reunía cuando se realizaban las olimpiadas en mi colegio. Recuerdo muy bien que, en alguna ocasión, me fui de boca con alguna chica (estudié una buena parte de mi vida en un colegio únicamente de mujeres), pero no pasaba de eso. Recuerdo también los cánticos hacia el equipo contrario, minimizándolo y ridiculizándolo. Creo que una característica resaltante de nosotros, los sudamericanos, es que somos muy emocionales y eufóricos.

El último mundial realizado en Brasil este año dio como ganador al equipo alemán, quienes se impusieron 1-0 a la selección argentina el pasado 13 de julio. Ellos, a comparación nuestra, se quedan chicos con nuestras celebraciones. Y así pasó. Yo pensé que este mundial iba a terminar distinto: con los típicos resúmenes de los informativos, con lo mejor y peor de este mundial, además del largo camino y las dificultades que recorrió el equipo campeón del torneo. Sin embargo, el festejo alemán acaparó muchas de las portadas de los diarios tanto en Alemania como en Sudamérica.

“So geh´n die Gauchos, die Gauchos, die geh´n so” (“Así caminan los gauchos, los gauchos caminan así”) fue el coro de una canción que se ha hecho muy popular estas semanas y que incluye, además, una coreografía muy particular. Lo que no saben algunos es que esto no es nuevo, siempre lo han hecho. En el mundial de Alemania del 2006 lo entonaron contra Ronaldo. Los alemanes festejaron de esta manera en la puerta de Brandeburgo su cuarta copa del mundo. No utilizaron ninguna mala palabra, no fueron irrespetuosos y no ridiculizaron a ningún equipo. Sin embargo, esto trajo una ola de críticas en su país. El equipo alemán pasaba de ser héroe a villano en un par de días.

Parte de las críticas se deben a que, por más que traten de desligarse de la vergüenza del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes no pueden hacerlo. “Son unos nazis asquerosos”, dijo  Víctor Hugo Morales, presentador de televisión. A pesar de que en las escuelas el tema es siempre estudiado y tocado.

Creo que el campeón debe festejar con justa razón. Sigo a la selección alemana desde el 2002 y he visto los buenos y malos momentos que ha pasado: La pérdida de la copa del mundo en el mundial del 2002, en la Euro del 2004, en el mundial del 2006, en la Eurocopa del 2008, la derrota en semifinales contra España en el mundial del 2010… Han sido tantos malos momentos que ahora que son campeones mundiales festejan de esta manera. Y no podía ser mejor: ha sido el primer equipo europeo en obtener un título en tierras americanas. Ha sido el primer equipo en golear a Brasil en un mundial 7-1 en semifinales. ¿El festejo da para tanto? Sí. En el peor de los casos, ¿cómo debería festejar un campeón del mundo? Si nosotros somos más ofensivos cuando alguno de nuestros equipos se enfrenta, ¿por qué ellos no pueden hacerlo?

Creo que todavía seguimos heridos porque la copa del mundo no se quedó en Sudamérica. Deberíamos respetar la felicidad y la euforia de quienes con esfuerzo han llegado a la cumbre. Ya nos tocará a nosotros.

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Te digo qué se siente

Tinta verde


Lunes 14 de julio de 2014. 10:00 am. Río de Janeiro: un cementerio argentino. Malcolm Gladwell tiene una teoría que habla sobre “la felicidad del tercero”: a una persona le hace más feliz (químicocerebralmente) quedar tercero que quedar segundo en una competencia. La razón es casi tan evidente como absurda, pero seguro todos lo hemos experimentado. Como cuando nos sacamos 19 en un examen.

Lo que se respira hoy en Río es ambiguo. Gente triste (muy triste) y gente contenta. Todos con resaca. La playa repleta pero sin bulla, como si no hubiera nadie. Como si (de hecho es) todos (90% argentinos) estuvieran matando el tiempo antes de tener que ir al aeropuerto. Como si venir no hubiera valido la pena. Así son los gauchos: pesados, sobrados (lo escuché de ellos mismos ayer) pero también muy pasionales y entregados. Ya quisiera yo estar en sus zapatos, así de triste y muerto como ellos porque mi selección quedó segunda.

Si Argentina y Holanda intercambiasen de situación, hoy Río sería una fiesta gaucha. Los argentinos (es lo que percibo aquí) no vinieron tanto a ganar la Copa del Mundo, sino a ganarle a Brasil en su casa. Quizás ahí estuvo el error. Concentrarse más en hacer sentir a Brasil como hijos (“decime qué se siente…”) y pensar todo el tiempo en ganar una copa EN Brasil (a Brasil) más que en campeonar realmente. Y la rivalidad es mutua. Pese a la humillante e histórica goleada (¿ya vieron los récords?) ayer todo Brasil alentaba a Alemania. No porque creían que Alemania merecía más la copa que Argentina, tampoco porque simpatizaran particularmente con los bávaros. La única razón era evitar a toda costa que Argentina -su eterno rival- diera la vuelta olímpica en el Maracaná. Eso hubiera sido peor que el Maracanazo y el Mineirazo juntos. Sí. Eso hubiese sido más humillante que el 7-1 para los brachicos. Jamás habrían podido soportar ver a Argentina robarles la copa. Yo creía que los argentinos eran orgullosos en demasía, pero aquí me he dado cuenta que Brasil es igual o peor (hablo solo de fútbol; ojo, ambos son países hermosos y tienen gente ejemplar).

Hoy prácticamente todos los diarios deportivos de Río anuncian no la victoria alemana, sino la derrota gaucha. Esta ha sido una pequeña alegría para Brasil luego de sus dos últimas bochornosas presentaciones. Saber que Argentina no campeonó ha hecho que ya no les importe tanto que ellos tampoco. Casi casi como si ellos estuvieran (similar a los gauchos) jugando la copa no tanto para campeonar sino para que Argentina no campeone en la tierra del fútbol. Eso me sorprendió mucho. No lo esperaba. Así como tampoco esperaba ver cómo los hinchas brasileños cantaban “olé, olé” y celebraran los goles tanto de Alemania como de Holanda cuando el resultado ya iba por encima de 2 en su contra. Me recordó una de las primeras veces que fui al estadio a ver a Perú. Eran las eliminatorias para el Mundial de 1994 y Bolivia nos iba ganando 0-2 en Lima. El público se cambió de bando y empezó a alentar a Bolivia a manera de protesta ante el mal juego peruano. Yo era niño y no entendía el por qué. Para mí fue como presenciar una traición a la patria. Y ver eso mismo aquí en Brasil fue duro. Me dio pena y hasta vergüenza ajena. Pero bueno, así es el fútbol de pasional e irracional. Como un matrimonio irremediable e interminable. Y como dijo el gran Eduardo Galeano: “el fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Nos vemos en Rusia.

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De héroes a villanos

Todo tiempo pasado fue mejor


Se va acabando el mundial y, duela a quien le duela, Argentina tiene la consigna de salvaguardar el honor sudamericano, de proteger la máxima de que en mundial sudamericano campeona un sudamericano. La tiene difícil, pero en el fútbol, como en la vida, todo es posible.

Así como en la vida, en el fútbol vemos reflejado lo mejor y lo peor de la condición humana. Se quiera o no, este deporte es un espectáculo y los futbolistas son deportistas pero también son entertainerspersonas que brindan espectáculo, que están en el campo para convertirse en lo que al espectador se le antoje que sean, la fuente de nuestros más nobles sentimientos y el blanco de nuestras peores frustraciones. Pueden ser portadores de nuestros más ansiados sueños y esperanzas o los verdugos de las mismas. Son los nuevos héroes y villanos de nuestras batallas. Antes teníamos relatos y hazañas épicas, ahora tenemos fútbol.

Esto de convertirse en héroe es muy fácil o, dicho de otra manera, sucede muy a  menudo. Héroes fueron el Memo Ochoa y Tim Howard, arqueros a quienes se les atribuyeron superpoderes hasta casi convertirlos en personajes de ficción. Pero luego tenemos jugadores como James Rodriguez, un héroe joven y talentoso que se consagró a sus 22 años. Hazaña colocha y nuevo héroe, todo en el mismo mundial. Todos son héroes de momento porque, aunque sus equipos no avanzaron, lo realizado los consagra momentáneamente hasta que hagan algo que los saque de ese sitial.

Es que sucede que podemos etiquetar a un jugador de héroe a villano de un momento a otro, o mejor dicho, de un partido al siguiente. El caso más resaltante fue el de Luis Suárez, el héroe charrúa que se puso la camiseta recién operado de la rodilla para anotar los goles contra Inglaterra que le daban la agónica clasificación a Uruguay. En ese momento todos, compatriotas o no, lo alababan y decían cosas como: “me cae mal pero es un superdotado”. Pero el partido siguiente, luego de la mordida al defensor Italiano Chiellini, todo el mundo (menos los uruguayos y su presidente, obvio) lo tildó de maletero, desleal y pidieron que nunca más pise una cancha de fútbol. Así de extremos somos los fanáticos porque la pelota no se mancha.

Esta semana pasó algo más curioso aún. La gente tenía la idea de que el mundial había sido arreglado por la FIFA para que campeone Brasil. Era vista como la consentida, la hijita de papá y sus victorias sobre Chile y Colombia lo alejaban del sitial de héroe. Lo alucinante llegó cuando Alemania la empezó a golear. Cada gol era como una estocada y la gente se regocijaba de placer. El asesino del sueño brasileño, el villano para nuestros héroes sudamericanos, había generado tanta empatía inversa que muchos querían que les sigan metiendo más balas… perdón, goles. Es que la gente siempre estará fascinada por los “buenos villanos” (recuerden a sus villanos favoritos en las películas). Y es que el heroísmo y el villanismo en esto del fútbol es tan subjetivo que depende del ánimo con el que te levantes…

Al final, los verdaderos villanos, esos argentinos a quienes a nadie le caen, demostraron que los héroes se fabrican con instantes gloriosos, como le adelantó Mascherano a Romero. Solo esperemos que el llamado a ser el héroe de este mundial, esa pulga esquiva llamada Messi, sea como ese héroe que desaparece toda la película para regresar al final y regalarnos una batalla épica digna de ser recordada.

Extrañar hace bien

Tinta verde


Hace cuatro días seudocumplí uno de mis sueños: ver un partido de fútbol de un torneo mundial. Digo seudo porque para que el sueño esté 100% cumplido uno de los equipos que voy a ver tendría que ser mi Perú. Algún día. Bueno, como sea, fue espectacular. Escuchar a los hinchas cantar sus himnos a todo pulmón y gritar cada jugada como si no hubiera un mañana fue sencillamente indescriptible. Se me llenaban los ojos de lágrimas por la incertidumbre de si algún día podré yo hacer lo mismo por mi camiseta blanquirroja. No porque no crea que Perú vaya a ir a un Mundial mientras yo viva (vamos, que se puede) sino porque deben coincidir nuevamente dos cosas: el hecho de que Perú clasifique y que ese Mundial sea en un país cercano (o al menos “accesible”) para mí. Los próximos serán en Rusia y en Qatar. Imposible… A ver si Chile se anima nuevamente, como en el 62.

La semana pasada escribía sobre lo lindo que es Río de Janeiro y la “suerte” que ha tenido esta ciudad para ser tan hermosa. Pero ahora que ya tengo varios días en Brasil puedo hacer un análisis un poco más objetivo del asunto.

Cuando llegué a Río me quedé impresionado por lo hermoso que es. Hasta ese entonces, en mi imaginario, Brasil solo tenía tres ciudades “modernas” y por ahí un par más que son “bonitas”. Entre las primeras naturalmente estaban Río (que durante muchos años fue la capital y el puerto más importante de Brasil), Brasilia (actual capital) y Sao Paulo (la ciudad económicamente más importante). De hecho, hay un dicho popular por aquí que dice: “Sao Paulo trabaja para que el resto de Brasil juegue fútbol”. Similar a la situación de Alemania y al resto de la Unión Europea. Y entre las ciudades “bonitas” estaban Salvador de Bahía e Iguazú. Con eso en mente, cuando volé a Recife (donde actualmente estoy) esperaba encontrarme con un “pueblito simpático” de playas lindas. Bueno, me equivoqué. Estoy en el Manhattan Sudamericano. Qué hermoso y qué moderno es Recife. Edificios impresionantes por todos lados y playas de cuentos de hadas. Y estando aquí me entero de que la mayoría de las provincias de Brasil son así, como Recife, sorprendentemente modernas y sin nada que envidiarle a la capital. Como si no hubiera diferencia. Claramente este país ha tenido una descentralización envidiable.

Esto me origina una sensación de envidia y de calma al mismo tiempo. Envidia porque, siendo honestos, tenemos en nuestro querido Perú diferencia abismales entre Lima y el resto de nuestras provincias. Pero también calma por saber que, si hay algo que no somos, es un país monótono. Acabo de hallarle el verdadero valor a nuestra pluriculturalidad. Vamos, claro que hay muchas diferencias entre Río y el resto de ciudades de Brasil, pero estando en Recife siento que sigo en Río, no sé por qué, como si respirara el mismo aire. Veo las fotos de amigos míos que están en otras partes de Brasil como Salvador de Bahía o Brasilia y siento lo mismo. En cambio, qué lindo es saber que en Perú tenemos un Trujillo y un Chincha que bailan ambos vestidos de blanco pero a ritmos tan distintos como coquetos. Qué lindo es saber que tenemos un Iquitos y un Pucalpa que gozan de una similar e infinita biodiversidad, pero cada cual con su propio calor. Qué lindo es saber que tenemos un Kuélap y un Machu Picchu, dueños de una imponente y cultural historia, pero cada uno con su propia mística.

¿Dónde se come más rico, en Chiclayo o en Arequipa? Qué importa. Somos un país con tantas riquezas que a veces nos cuesta entender su verdadero valor, y qué lindo que viajar nos haga dar cuenta de eso. Por supuesto que hay comparaciones en las que salimos perdiendo y pienso que “ojalá en Perú también hubiese esto o aquello”, pero sigo prefiriendo el cebiche de carretilla y la mazamorra de feria. ¡Que viva el menú variado! Salud con pisco y con chicha de jora.

Cuando tu “estrella” estrella tu marca

Hector Mendoza


Hace algunos años escribí una primera versión de este artículo, pensando en la relación que debe existir entre la marca, la estrella que la representa y las personas que la eligen (publicistas y marketeros esencialmente). Recuerdo que en esa ocasión cité una conocida marca de ropa deportiva cuyo departamento de Relaciones Públicas compartió, en nota de prensa, el siguiente titular: “A que no saben qué hará nuestra estrella en este partido”, refiriéndose a un match mundialista entre dos rivales con mucha historia: Argentina e Inglaterra. El resultado: la estrella británica comete una falta artera contra un defensa argentino y es expulsada. Ni la competencia hubiera logrado una mejor contracampaña.

En principio se piensa que basta el aura ganadora otorgada por la estrella para que el producto suba como la espuma en ventas, recordación, afecto o likes. Sin embargo, este mundial de fútbol 2014 nos deja algunos buenos partidos (sí, solo algunos), pero también enseñanzas para la publicidad y el marketing.

La mordida de Luis Suárez (Uruguay) a Giorgio Chiellini (Italia) nos sirve para reflexionar sobre la importancia de seleccionar a tu estrella no solo por resultados, sino por el comportamiento que ofrece dentro y fuera de su zona de confort. En el caso de Suárez, lo más resaltante es que su inconducta fue dentro de una cancha de fútbol. Ojo: Suárez no es la única estrella que ha cometido faltas. Este mundial nos permite ver a artistas del balompié que merecen un galardón por actuaciones que dejarían a Di Caprio nuevamente sin un Óscar (Robben y Neymar, entre otros tantos).

La consecuencia es la condena mediática a través de los memes. El ingenio se pone de manifiesto cuando el hincha expresa su condena. Esto no solo se expresa en las redes sociales. En las calles, los fanáticos usan las marcas que aún auspician a la estrella como forma de boicot: obsérvese cómo los fans se toman fotos frente a una valla publicitaria de Suárez.

Las marcas deciden si consideran “rentable” continuar con la estrella y hacen un balance de los daños a nivel de imagen y ventas (presente y futuro). Hoy en día, muchas marcas rescinden contratos o estipulan una cláusula por daños y perjuicios que pueda recibir por inconducta de la estrella, incluso si la falta corresponde a un hecho de su vida personal.

Algunas marcas ya le han rescindido contratos a Suárez. Vale aclarar que los ingresos que las estrellas reciben por publicidad suelen ser muy altos y puede que ello, sumado a conversaciones con familia, amigos o colegas, haya hecho que el astro prometa controlar sus deseos de “probar de qué están hechos sus rivales de turno”. Sin embargo, como dicen las abuelas, “se cierra una puerta pero se abre una ventana”, así que a modo de recordatorio, distintas empresas están vendiendo destapadores con la figura de Suárez, lo que podría paliar el descenso de los ingresos del charrúa.

Eu no falo portugués

Tinta verde


Estoy en Brasil. Vine por el Mundial. Quienes me conocen saben cuánto esperaba este viaje. Compré mis pasajes para estas fechas meses atrás, cuando (iluso) Perú aún tenía chances de clasificar. De hecho, mi intención era esa: venir a alentar a mi Perú. Desafortunadamente, el destino me jugó una mala pasada (y Markarián también). Luego de ser eliminados de forma definitiva (Uruguay nos ganó en Lima con gol de Luis “el conejo mordedor” Suárez) me deprimí tanto que ya no quería venir. Felizmente pasaron unas semanas y me animé de nuevo, aunque no con la misma emoción de antes. Así que aquí estoy, vistiendo la camiseta de Perú entre las calles y playas brachicas, soñando los sueños de otros, respirando fútbol y compartiendo la euforia de otra gente, comprobando una vez más el bien que le hace esta pasión al mundo.

Veo a los hinchas y sueño con ver más camisetas peruanas. Veo la ciudad y me lleno de envidia por lo linda que es. Me pongo a pensar en qué le falta a Lima para ser como Río y no hallo más que golpes de suerte. Río es la mezcla perfecta (como hecha por un Dios arquitecto) entre costa y selva. El mar de Copacabana no está ni a 500 metros de montañas verdes y, al medio, una ciudad que dista mucho de brillar por su arquitectura, sino que más bien lo hace por el calor de su gente, cosa que también tenemos los peruanos.

Ahorita mismo estoy en Buzios. Tras haber estado varado en el aeropuerto de Argentina 16 horas y aguantar tres horas más de camino en bus desde el aeropuerto de Río hasta Buzios, llego por fin a este supuesto paraíso del que tantas maravillas se hablan e irónicamente me encuentro con Ancón en el Atlántico. En ese instante pensé dos cosas:

  • Qué bonito/esperanzador saber que en Perú tenemos un lugar tan parecido.
  • Maldición. ¿Tantas horas de viaje para ver esto?

Sin embargo, creo que esa primera impresión se vio afectada por mi cansancio. A la mañana siguiente me desperté y ahí sí me encontré en el paraíso. ¡Qué bestia! Qué hermoso lugar es Buzios. No solo por la perfecta combinación de costa y selva que posee (tal como Río), sino por el espíritu de “pueblo” que ha sabido mantener su gente. Por partes me recuerda a Máncora, con la diferencia de que frente a cada una de las playas de Buzios se puede apreciar una isla que parece sacada de película. ¿Por qué a Lima no le tocaron estos accidentes? A eso me refiero cuando hablo de suerte. Pero eso sí, a Buzios le falta una cebichería. ¿Algún peruano emprendedor con las agallas necesarias?

Pero volvamos al fútbol. Ayer (domingo) me fui al FanFest del México-Holanda. Tremenda experiencia. Miles (no sé si llegamos al millón) de personas de todos los países del mundo, todos con sus camisetas, alentando y celebrando por el país con el que más se sintieran identificados. Ayer, naturalmente, todos los latinos apoyábamos a México. El resto estaba vestido de naranja. Música, sol, caipirinhas, playa, fiesta. Dudo que en otros países los Mundiales se hayan vivido como en Brasil, la tierra del fútbol y de la samba, una combinación tan perfecta como la de costa-selva que hay entre las calles de Río. Lo mejor: aquí todos aman a Paolo Guerrero y admiran a Teófilo Cubillas. Lejos de las burlas, usar la blanquirroja en el Mundial me abre puertas. Qué lindo es el fútbol. Creo que me quedo a vivir aquí.