Music power

Vanessa Carrillo


Me pongo los audífonos, subo todo el volumen y le doy play a Global warning de Steel Pulse. Por alguna razón, el reggae libera mi alma y hace que mis dedos empiecen a digitar mis ideas. Es en este momento cuando empiezo a cuestionarme sobre qué mueve la música en nosotros.

Una canción nos envuelve en un viaje en el tiempo. Trae recuerdos o nos transporta a lugares que aún ni hemos pensado conocer. Esto es porque una melodía, cualquiera, es capaz de despertar nuestras más escondidas emociones. Dado el play, la música es analizada por las áreas auditivas de nuestro cerebro y nuestro sistema neuronal se conecta a los focos de la emoción.

Desde que somos pequeños estamos expuestos a estímulos musicales. Actualmente, varias  investigaciones demuestran que la música activa áreas del cerebro: auditiva, límbica y motora. Sumergirse en  las notas musicales, además, favorece nuestra concentración, aprendizaje y mejora nuestra memoria.

El poder musical más importante, a mi parecer, es la fuerza que ejerce sobre nosotros al convertirse en un modulador emocional. Usualmente las canciones que escuchamos tienen relación con nuestro estado anímico. Cuando estamos alegres la música es movida, pero cuando estamos tristes la música lenta y de letra profunda tiende a hacernos sentir mejor…. y es que inconscientemente estamos equilibrando nuestro estado emocional. Ahora el dicho “a mal tiempo, buena música” cobra sentido.

Todas las canciones generan en nosotros la liberación de la dopamina; sin embargo, nuestras canciones favoritas son las que descargan más esta hormona. Como ya conocemos en qué momento llega la parte álgida de la canción, se activa el núcleo accumbens, responsable de generar euforia y sensación de placer. Se dice además que la música determina tu personalidad. La Universidad Heriot-Watt de Edimburgo ha identificado algunas formas de ser de los individuos dependiendo de sus preferencias musicales: a los amantes del blues se les determina como personas con alta autoestima, son creativos y extrovertidos. Los del reggae (como yo) son creativos, sociables y amables. Y así hay más.

Sigo con mi playlist de Steel Pulse y empieza Life without music. Y sí, no podemos vivir sin música. ¿Y la publicidad? No somos conscientes de su importancia en los anuncios. La correcta elección de un jingle o de una canción puede cambiar cualquier campaña. Ejemplo claro es el de la marca Beats en el mundial del año pasado; el hip hop elegido genera una fuerza en el mensaje a comunicar.

¿La canción de moda, la pegajosa? ¿Cuál debemos elegir para conectar con el target? La idea es que la historia que contamos se relacione con las emociones que puede generar la canción. Si hacemos que la memoria audiovisual se active, la música, la marca y la historia quedarán guardadas en la mente del consumidor.

Termino mi artículo con esta aseveración del compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovski: “En verdad, si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco.”

Rebelde con causa

Para leer y llevar


Hace unos días una persona muy allegada a mí me dijo que era una rebelde. Inmediatamente se me vino a la cabeza, como si fuese algo automático, la canción de la cantante hispano británica, Jeannette, Soy rebelde. Ok, tan vieja no estoy, me dije. Entonces recordé el tatuaje que me hice cuando apenas cumplí los 18 años. En ese momento sí pude haberme convertido en una rebelde sin causa.

Pero, ¿qué pasa cuando tu rebeldía se convierte en protesta? Cuando intentas hacer escuchar tu voz contra algo. No necesariamente utilizando la violencia, pero sí a través de uno de los medios más populares como la música. ¿Alguna vez hemos oído acerca de bandas que han protestado en contra de algún gobierno por alguna medida que no nos ha favorecido actualmente?

Para mí, la última vez que alguien utilizó la música como protesta en nuestro país fue Julio Andrade, quien el año pasado y a través de una campaña muy ambiciosa, lanzó el single Y se la llevan fácil. En este, Andrade, expresaba su malestar hacia los cantantes que sin mucho “talento” obtienen fama y reconocimiento.

Tal vez para nosotros los peruanos la música no sea un medio efectivo para hacernos escuchar y poder llegar a la gente. Recordemos que en nuestro país ser cantante es muy difícil. Los artistas luchan constantemente para que coloquen sus sencillos. Si a esto le añadimos que las radios más escuchadas en nuestra querida Lima corresponden a emisoras enfocadas en la difusión de noticias y no de música, peor aún. Entonces comprendo que, muy a diferencia de nuestros vecinos sureños quienes nunca se han quedado callados, nosotros estamos en nada (y la prueba más grande son agrupaciones como Los Prisioneros, Quilapayún, Inti-illimani, entre otros). La comparación resulta detestable y más aun teniendo en cuenta nuestra reconocida rivalidad.

Entonces, pienso mucho en lo último que está aconteciendo en nuestro país: huelgas de médicos, antes del Poder Judicial, entre otros. ¿Podrían ser las artes un medio para hacer conocer nuestro malestar? Pues claro, y qué mejor manera. No necesariamente puede ser a través de la música, sino a través de la pintura o del baile.  Pero adicionalmente a ello, estas artes no deberían solo ser un medio para protestar, sino deberían ser un medio para hacernos recordar y no olvidar. Tal es el caso de Ana Tijoux, hija de padres chilenos y nacida en Francia, quien se ha sentido identificada con el país de sus progenitores y utiliza la música (hip hop) para recordar a su pueblo que no deben olvidar el pasado, ni olvidar de dónde son ni quiénes  son.

“Vengo en busca de respuestas con el manojo lleno y las venas abiertas (…) vengo como un libro abierto ansiosa de aprender la historia no contada de nuestros ancestros (…) vengo hablar del orgullo indígena, de la celebración de nuestro pelo negro y nuestros pómulos marcados”.

Estos chicos de ahora…

Tinta verde


Una vez dejé de salir con una chica que me gustaba solo por la música que oía. Maleado, ¿no? Quienes tenemos entre 25 y 35 años nos quejamos de cómo “los chicos de ahora” ya no son como nosotros cuando teníamos su edad. Nuestros padres nos ven a nosotros y piensan lo mismo. Nuestros abuelos decían lo mismo de nuestros padres y nuestros bisabuelos lo mismo de nuestros abuelos. Vemos defectos en nuestros sucesores pero yo no creo que las nuevas generaciones vengan más falladas que las viejas sino que más bien son distintas.

Me pasó a mí. Siento que mis hermanos mayores me ven con mis amigotes y piensan: “ya no son como en nuestra época”. Y me pasa también cuando veo a mi hermano menor y no me reconozco (lamentable/felizmente). Y deducimos que todas las generaciones se lamentarán eternamente de las posteriores pero toda esta calificación perderá validez, como cuando afirmamos que todos son especiales en un grupo sin darnos cuenta de que eso conlleva a que nadie lo sea realmente.

Entendiendo esa vorágine, un buen día junto con mi amigo “El charro” creé un blog: www.elrocknohamuerto.wordpress.com. Lo hicimos porque nos negábamos a creer que “la música de antes no es como la de ahora” (sobre todo el rock) y quisimos demostrarle al mundo que el buen rock no murió en los años 90 ni en los 80. Quizás la responsable de esta sensación (al menos en el Perú) sea la radio, que nos zambulle en un aparente estancamiento musical. Es alucinante sentarse una hora frente a una emisora y percatarse de cómo las canciones comienzan a repetirse, como si cada estación contara con un solo CD de 20 o 30 canciones. Y por si fuera poco, la música que suena (hablo de rock peruano) es la misma desde hace tres décadas. Fue por eso que parimos nuestro blog rockero. No sé si fue un éxito o un fracaso. Nunca me percaté de cuánta gente nos estaba leyendo. Nuestro empuje era el hecho de saber que anunciábamos algo al mundo: “tenemos rock para rato”. Gracias a Dios hoy existe Spotify (si no lo tienen, descárguenlo ¡ya!) y, aunque mi blog sí, el rock y la buena música no han muerto.

El rock de hoy no es como el de antes, la música de hoy no es como la de antes y la vida de hoy no es como la de antes, pero tampoco como la de mañana. No nos limitemos a entender la palabra “histórico” bajo el concepto “nunca saldrá nada mejor”. De lo contrario estaremos estancados. Me considero un beatlemaníaco y, en efecto, dudo que otra banda pueda hacer algo similar a lo que hicieron estos monstruos, pero eso no me ciega sino que más bien me empuja a descubrir más.

Cuando conozco a una persona (hombre o mujer), le pregunto cuál es su música favorita. Si me responde que escucha “de todo un poco” me cae mal. Quizás esté algo enfermo, pero creo que los gusto musicales de la gente revelan mucho de su personalidad. Cuando alguien no los tiene definidos me alarma.

Daniel Ruiz, uno de esos que seguramente nuestros padres calificarían como “chicos de ahora” y exbaterista de Space Bee (tremenda banda peruana) hizo una peculiar protesta contra Alfredo Ferrero, secretario general de la Sociedad Nacional de Radio y Televisión, quien en una entrevista señaló que las radios peruanas sí apoyan el rock nacional y una buena prueba de ello era la difusión de la música de Arena Hash y de Río. Qué payaso. Seguro él es de quienes creen que los rockeros peruanos de ahora ya no son como los de antes. Por favor, ¿alguien me ayuda a recomendarle a este señor un par de buenas rolas peruanas?

El coleccionista

Hablando del Orinoco


Cuando tenía cinco años mi papá decidió que podía elegir lo que quisiera por mi cumpleaños número seis. Yo la tenía clara, así que partí con él al Scala gigante para comprar el vinilo de los cuatro tipos con maquillaje que salían a cada rato en Disco Club. Cuando regresé a casa y puse a todo volumen mi nueva adquisición mi mamá pensó que Satanás estaba conmigo, pero en realidad era el disco Dynasty de Kiss. Claro, Kiss tiene mejores discos pero elegí ese porque no conocía el nombre del grupo que interpretaba la canción tan extraña con el video de los martillos.

Y ahí empezó la debacle. No recuerdo que en algún momento de mi vida me haya interesado comprar ropa, una bicicleta, una pelota, un auto o cualquier cosa normal en la vida de un ser humano. Yo quería –y quiero– los discos de mis grupos favoritos (que cada vez son más). Y no quiero uno: los quiero todos. El dinero que recibía como propina terminaba en alguna tienda de discos del Jirón de la Unión mientras yo volvía a casa con una pila de vinilos y una sonrisa de oreja a oreja. Con mi primer sueldo compré mi primer CD: el Zooropa de U2. No tenía cómo escucharlo en casa pero eso era lo de menos. Lo que importaba era tenerlo, tocarlo, olerlo. Era my precious.

Cuando tienes 15 años y eres un tipo anclado a estas manías la pagas caro: prefieres quedarte en casa con tu música, tus libros y tus películas antes que bailar las canciones de moda en alguna fiesta aburrida. Recién en la universidad encuentras tipos tan freaks como tú que serán tus amigos para toda la vida. Y se reunirán entre 10 para comprar el CD original de Spinetta que cuesta 50 dólares y que pasará de mano en mano con el fin de ser pirateado y escuchado. Porque todos somos hermanos en el vicio.

En esas épocas el coleccionismo era un arte y el coleccionista un arqueólogo, un conocedor, un fanático, un tipo en permanente búsqueda y en estado de gracia porque su labor es santa, inmaculada e inacabable… Hasta que apareció el Internet.

En la red encontramos todo sin realizar esfuerzo. Acumulamos y eso es aburrido. No hay sorpresa ni novedad. Ese VHS raro que mostrabas a los amigos y no prestabas hasta que te hubieras empachado, ahora puede ser descargado en tres minutos. Y así no hay gracia.

Se ha perdido el cariño por lo material. Todo es bits y bytes. La nube es la gran salvadora del conocimiento humano pero la virtualidad es el terreno de lo inexistente. Y a mí me gusta estar parado por horas frente a mis cuatro mil discos. No quiero estar viejito y decirle a mi heredero: “te entrego con cariño mi contraseña y mi password del dropbox y del Google Drive”. Me rehúso.

Afortunadamente los coleccionistas nos reconocemos. Basta una palabra, una sola mirada. No estamos solos en el mundo y conspiramos contra la dictadura de lo inasible. Como leí en un blog: “Los coleccionistas somos gente extraña que vive en un mundo apartado (…) Por eso no hay quien nos aguante y, por lo general, vivimos solos, al cuidado de nuestras colecciones, que miramos y toqueteamos una y otra vez para asegurarnos de que todo sigue estando en su lugar”.

Somos monjes de una orden milenaria. Ten cuidado, chico virtual.

© Apéndice de Bork. 2014