En forma de 9

César Pita


El uso excesivo de la tecnología digital ha originado transformaciones corporales que han puesto en alerta a los científicos de todo el mundo. En un comunicado a la opinión pública, expresan que hacen “todo lo posible para encontrar una explicación a estas mutaciones transhumanizantes ya que, al parecer, es imposible siquiera intentar una cura”. Los mecanismos darwinianos de acomodo de la especie a nuevos entornos revelan una alta capacidad del cuerpo humano para evolucionar a pasos agigantados. De este modo, los antropólogos, biólogos y futurólogos pueden dibujar con precisión cómo seremos de aquí a unos pocos años.

El primer signo de lo que ha sido bautizado con cariño como “humanoide 2.0” ha sido la desaparición de la huella dactilar. Ya no se trata solamente del encogimiento de los pulgares debido a los videojuegos. Eso no es nada. Lo que sucede es que las superficies de las pantallas, como el canto de las sirenas, invitan a toquetearlas por doquier para acceder a las redes sociales, a los procesadores de textos, a las canciones de moda y a cuanta aplicación se haya inventado. Ya no es el pecado de la carne sino la incontinencia con el plasma. Es el paroxismo onanista del tacto, que ha originado que el dedo (en particular el índice) prescinda de esa marca inconfundible de individualidad llamada huella dactilar; en su lugar, luce orondo un esbelto y fornido callo de color amarillento que protege la epidermis de cualquier daño. En el caso de las pantallas poco aseadas, el callo puede adquirir una tonalidad amarronada que hace juego con el cielo gris limeño.

El segundo signo es que la mirada permanente a través de la pantalla ha conducido a una progresiva Reducción de la Capacidad de Adaptación y Enfoque Retiniano (síndrome más conocido por sus siglas: Recaer), a tal punto que las personas prefieren prescindir de sus ojos y usar otros aparatos. La prueba contundente puede apreciarse en los conciertos: todos están más preocupados en mirar una pantalla que toma fotos o graba videos que en ver con sus propios ojos.

Pero lo que más ha llamado la atención en la comunidad científica ha sido la curvatura de la columna vertebral, lo que ha originado que el cuerpo humano adopte la simpática figura de un número 9. La evidencia es contundente y afecta, sobre todo, a los especímenes que oscilan entre los 15 y los 25 años de edad. Los sujetos en cuestión suben a los micros y suelen tomar asiento con los teléfonos celulares delante de ellos. Sin embargo, la característica primordial es que curvan la espalda a tal punto que la cabeza se acomoda frente al asiento delantero, lo que hace que el cuerpo forme un cuadrado perfecto con lo que resta del tronco y las piernas, dejando los pies firmes sobre el piso del microbús. El observador agudo notará que el humano en cuestión se transforma en un 9. La evidencia ha sido recogida por el autor de esta columna, quien observó el hecho con tres sujetos distintos en el mismo microbús. Lo más curioso de todo es que los individuos en cuestión no se conocían entre sí, eran de sexos distintos y era difícil averiguar qué estaban haciendo en sus respectivos teléfonos. De lo único que da fe es de que un platillo volador podría haber abducido el bus y estas personas no se hubieran percatado de la situación, pero se hubieran tomado un selfie con los alienígenas porque les habría parecido recontra cool.

Frente a esta situación, se anuncia un cambio en los patrones estéticos de la moda. Se espera que en la próxima temporada las prendas traigan una deliciosa joroba a tono con los cromáticos delirios de los diseñadores de moda. Asimismo, se especula que se reduciría la talla mínima promedio en todos los países. Con este encurvamiento de la población joven, los chatos erguidos seremos los reyes del momento.

© Apéndice de Bork. 2015

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Comprando, usando, tirando y volviendo a comprar

Todo tiempo pasado fue mejor


He decidido comprarme un nuevo celular. No porque quiera, sino porque el que tengo ya no va más. Muy smart y muy todo, pero no aguantó ni dos años de uso duro y parejo. Es que no sé ustedes, pero yo estoy acostumbrado a lanzar los celulares a las mesas, meterlos en la mochila, pantalones y sacos junto con llaves, lapiceros y demás objetos. Sé que son “aparatitos” delicados, pero vengo de una generación que usaba el celular, si es que lo usábamos, solo para llamar y para mandar mensajes de texto. Nada de Internet, Facebook, wasap ni jueguitos tontos.

Antes de este celular tuve un Blackberry 8520 que lo dejé de usar, muy a pesar mío, porque todos mis amigos con sus nuevos androids y iphones ya no me escribían tan seguido. Extraño el teclado físico que te permitía escribir parado en una combi en movimiento. Pero el celular que con más nostalgia y cariño extraño es mi indestructible Nokia 3310. Con una batería eterna y con juegos realmente complicados como el Snake, fue el teléfono celular más eficiente que nunca después pude disfrutar. Nunca me falló la señal, siempre estuve disponible, nunca perdí una llamada y lo mejor de todo era su resistencia. Recuerdo que alguna vez se me cayó, lo terminé pateando, luego cayó por las escaleras para terminar desarmado al final de los escalones. Lo recogí, lo volví a armar y funcionó sin problemas hasta que un día simplemente desapareció. Seguro hasta ahora estará funcionándole a otro. Era el Chuck Norris de los celulares.

Estaba analizando esto de por qué los celulares de ahora son cacharros que duran tan poco y que además su vigencia es tan reducida y me doy cuenta que he entrado, sin quererlo, a la maquinada ruleta capitalista de la obsolescencia programada, término acuñado allá por los años 50´s por Brooks Stevens, en que proponía básicamente un nuevo enfoque para la industria manufacturera creando consumidores insatisfechos con productos que han disfrutado poco tiempo y luego los venden, desechan y se compran uno nuevo. En eso se basa casi todas las industrias actuales: norteamericanas, europeas, chinas, coreanas o japonesas, todas tienen presente que mientras sus productos duren lo suficiente para que el consumidor no lo note, este desecho programado implica mayores ventas. Es así y será difícil cambiar. Ya nadie fabrica nada para durar o para reparar siquiera, ya casi no existen tiendas donde se pueden arreglar aparatos electrónicos; simplemente se desechan pues sale más barato comprarte otro nuevo que conseguir repuestos y personas que lo reparen. Así de simple.

Muchos no somos consciente de esto, pero a veces compramos algo solo por cómo se ve y nos “inventamos la necesidad” de tenerlo sin realmente necesitarlo. Estamos creando un círculo de consumo totalmente desproporcionado y obsceno, ocasionando muchos desechos electrónicos altamente contaminantes. ¿Qué hacer entonces? ¿Solo nos queda quejarnos como Willy Loman? No lo sé, pero comenzaré a analizar cuánto dura lo que compro y empezaré a descartar compras que realmente no son necesarias. Así que me demoraré un poco en comprar nuevo celular. Si me necesitan, me buscan. Así hacíamos antes. ¿No se acuerdan?

Réquiem por un amor prohibido

Hablando del Orinoco


Era un problema ir a esa tienda. Sentía que me observaba y yo no podía hacer nada para remediarlo. Y no me quedaba otra que corresponder a la sonrisa seductora y quedarme contemplando el que, en ese momento, era el mayor de mis deseos. Solo quería tocar sus delicados contornos, perderme en el brillo que despedía. Qué importaba que mi novia de ese entonces (hoy mi esposa) se percatara de ello. Yo sentía que la engañaba pero era inevitable. Estaba ciego frente al mayor de los placeres que me prometía su figura. Pero esa pasión tenía un precio demasiado alto y yo no estaba preparado para pagarlo. Porque el iPod Classic, en ese momento, costaba la friolera de 1800 soles. Pero tenía 120 gigas de delirio.

¿A quién acudir? A los únicos que pueden entenderte en ese momento: tus amigos. “No te conviene”, me dijeron algunos. “¿Piensas desperdiciar tantos años de fidelidad a la audición perfecta de un vinilo o de un CD por la promiscuidad de un MP3?”. Pues sí, lo deseaba. Quemaba mi piel la sensación de tener toda mi colección de música en un solo aparatito que podía llevar a cualquier lado, caletamente. ¿Quién se iba a dar cuenta? Ah, el placer de lo prohibido. El pecado que, a fin de cuentas, es perdonado en el confesionario de lo analógico.

Otros sí me entendían. “Tarde o temprano todos caen en lo mismo”, sentenciaban unos. “No pierdes nada probando. Si la haces linda, ¿quién se va a enterar?”, señalaban otros. Y yo en medio de la incertidumbre de tomar uno u otro camino. Después de todo, mi discman seguía funcionando y no me costaba nada llevar mis 24 CDs sin sus cajitas de plástico a cuanto viaje iba. Claro, era un problema ver cómo la pila se agotaba después de tres horas, así que también tenía que llevar una buena carga de repuesto, sobre todo cuando viajaba ocho horas en algún bus interprovincial por motivos de trabajo. Pero mientras este aparato exigía mi atención todo el tiempo, el amor del iPod me ahorraba el gasto en pilas y duraba todo un día de corrido. Y yo ya me sentía cansado de la situación.

Hasta que por fin me animé. No le di explicaciones a nadie, usé mi tarjeta de crédito y compré un viaje sin retorno hacia lo prohibido. Y juro que me gustó. Y me gusta hasta ahora. Y no me siento culpable. Y le grito a todo el mundo que debería hacerlo alguna vez en su vida. El problema es que ya no se puede. Ya nadie podrá sentir el placer de deslizar sus dedos por esa curvatura en clave minimalista, que ronronea un clic a los oídos cada vez que la acaricias o que la aprietas, aunque también guarda silencio si es que se lo pides. Porque hace pocos días Apple decidió dejar de producir el que fue su caballito de batalla, el aparato que nos permitió ingresar a una nueva era y gozar de una fiesta en nuestros oídos que podía durar semanas sin mostrar signos de agotamiento.

Todavía convivo con mi iPod classic y lo llevo a todos lados. Lo mimo y le doy cariño. Lo asisto cuando se pone malito. Últimamente está fallando un poco pero no pienso abandonarlo, así como no se abandona a una persona cuando llega a los años mozos de la tercera edad y más bien se disfruta de su sabiduría. Y sí, el MP3 me sigue pareciendo una cochinada de formato, pero en el mundanal ruido de Lima y a través de tus audífonos cualquier melodía es buena frente a los bocinazos y el chillido de los cobradores. Y no me hablen del iPod touch o del iPhone porque eso sí es meterse con cualquier bataclana.

© Apéndice de Bork. 2014