Virtud de pocos

Para leer y llevar


¿Alguien recuerda la campaña La hora sin demora? ¿Aquella que en el 2007 fue promulgada por el gobierno de Alan García para incitar a la población a que llegue “a la hora”? Creo que nadie. Los peruanos no podemos cambiar de la noche a la mañana por más que hagamos el intento a través de este tipo de campañas. El día de ayer me llamó mucho la atención que el grupo chileno La Ley se presente a tiempo en el estelar de la Feria del Hogar, cuando es bien conocido que la mayoría de artistas suelen demorar, aunque sea un poco, el inicio de sus shows.

El caso de La Ley me trae a la mente el popular dicho que reza: “en el país de los ciegos, el tuerto es rey”. La puntualidad nos ayuda a construir una muy buena imagen. El pasado mes de junio la reconocida aerolínea Iberia fue catalogada como la empresa de vuelos más puntual a nivel internacional y de Europa, con una media de aproximadamente el 90%. La propia compañía afirma que “la puntualidad es uno de los valores que más aprecian los clientes”. Por otro lado, a nivel de Latinoamérica, Aerolíneas Argentinas es la empresa que fue reconocida como la más puntual, estudio aparte. Está de más decir que lo más probable es que ambas empresas empiecen a ser mucho más recomendadas por los pasajeros y esto hará que, de alguna u otra forma, aumenten sus ganancias.

Por otro lado, estar a la hora es una manera de expresar tu interés hacia algo o alguien (por ejemplo, en una cita o en una clase). Además, significa respeto: respeto hacia ti mismo y hacia los demás. Recuerdo mucho que tenía alumnos que vivían en Chaclacayo y estaban a la hora (clases que empezaban a las 7 de mañana). Este tipo de acciones me hablaban sin palabras; me decía que les interesaba el curso y que asumían su responsabilidad con la universidad. Alguna vez una profesora del colegio nos dijo algo que se me ha quedado grabado en la mente hasta el día de hoy: “Las personas que suelen vivir cerca del colegio siempre llegan tarde, pero las que viven lejos no”. Y hasta el día de hoy parece cumplirse. ¿Será, acaso, algún exceso de confianza?

Más allá de las anécdotas, la puntualidad es uno de las prácticas más recompensada y valorada por las empresas, especialmente las inglesas o alemanas. ¿A quién no le gustaría contar con gente que llegue a la hora y realice su trabajo a tiempo? Puntualidad es saber organizarse y educarse, sobre todo, y en algunos casos dependerá de la formación que hayamos tenido desde pequeños. Creo que buenas iniciativas como La hora sin demora no deberían desaparecer. Todo lo contrario: deberíamos seguir poniéndolas en práctica.

Si tuviera más tiempo…

Hablando del Orinoco


  • Hubiera publicado la columna que me corresponde el jueves, como es costumbre, y no tendría que estar sentado un sábado por la mañana redactando este texto con cierto sentimiento de culpa.
  • Me quedaría sordo por escuchar de corrido todos los discos que tengo pendientes de audición, sea en vinilo, en CD o en MP3. Dicho sea de paso, es probable que más de un vecino haya muerto por el retumbar de los bajos a consecuencia del volumen alto o que haya originado la conversión al oscurantismo de más de un pequeñuelo de cinco años. Todos tenemos una misión en la vida.
  • Estaría más ciego que un topo por la lectura ininterrumpida de los cientos de libros que tengo en la biblioteca, muchos de los cuales ni siquiera han sido abiertos porque, a pesar de repetir como un manta “Mañana empiezo, mañana empiezo”… mañana debo seguir con el sempiterno trabajo que me consume más de lo que quisiera pero que no puedo dejar de lado porque los 11 años que uno pasa en colegio católico anuncian la llegada del “ser responsable” y a estas alturas de mi vida ya no puedo remediar ese componente.
  • Sería más famoso que los Justin Brothers porque habría grabado con mi banda de secuaces por lo menos cuatro discos (el último en vivo, de rigor), tendría tantas lenguas de MTV que sería la envidia de Gene Simmons, hubiéramos arrasado con los Grammy Latino y le hubiera robado un beso a Scarlett Johansson en la ceremonia del Oscar (lo que hubiera originado más de un problema en casa).
  • No recibiría innumerables mensajes, inbox y correos electrónicos de mis amigos tildándome de falla, de melindroso, de mal compañero de juergas, de workalcoholic empedernido (cosa que jamás he sido ni seré) porque no los veo hace tiempo y me pierdo una a una las reuniones que se organizan. Y a mí me gusta estar con mis amigos y con mis amigas. Los extraño, chicos.
  • Tendría la salud de un niño de ocho años y no me definiría hipertenso, de defensas bajas, con el estrés carcomiendo cada una de mis células, lento en la respuesta, adormilado frente a la más exquisita de las sinfonías o ante una película de visionado tardío (¡10.30 de la noche y con los párpados cerrándose, por Dios!).
  • Descubriría las formas más heréticas, sádicas e inhumanas de tortura académica para mis alumnos, lo que acarrearía la inmortalidad del mito, la desesperación frente a una exposición cara a cara, la lágrima contenida, la palpitación salvaje y el estallido de los miedos. Bello.
  • Leería y desgranaría la tesis de maestría que por tanto tiempo tengo en el disco duro y, junto con mis compinches tejones, armaríamos el libro que destronará a Paulo Coelho y nos hará acreedores de cuanto premio prestigioso exista en el mundo por ser tan innovadores, visionarios, simpáticos y talentosos.
  • Iría todos los días a la casa de mis papás para degustar los manjares de mi madre, lo que posiblemente ocasione problemas de sobrepeso. Pero todo está fríamente calculado porque…
  • Ahorraría todo mi sueldo ya que el tiempo no apremiaría y me iría caminando de un sitio a otro, en bicicleta o colgado de algún microbús. ¿Para qué más taxis si ahora soy el dueño del tiempo y nada demanda mi presencia?

Si tuviera más tiempo… sería más feliz.

© Apéndice de Bork. 2014

El otro cuento de la liebre y la tortuga

Todo tiempo pasado fue mejor


¿Recuerdan el cuento de la liebre y la tortuga? Ese en el que ambos, con características opuestas (uno veloz y el otro lento), compiten en una carrera para demostrar quién es el más rápido. Para sorpresa de todos, el ganador resulta ser la tortuga, pero no por velocidad sino por perseverancia y constancia. Muchos hemos crecido escuchando esta fábula cuya moraleja la resumiría de la siguiente forma: “quien persiste y no se detiene puede realizar una hazaña improbable”. Pero siempre he pensado en qué hubiese pasado si hubiesen competido por segunda vez. Es muy probable que la liebre no hubiese cometido el mismo error y hubiese dejado muy atrás a la agotada tortuga, que por más perseverancia que hubiese tenido, no hubiese podido repetir su victoria en este caso.

En el fondo, las nuevas generaciones han crecido escuchando esa versión del cuento y se identifican con la liebre. Su pensamiento lo podría resumir de la siguiente manera: “Si puedo ir más rápido y ganar desde el arranque, pues lo hago”. Nos hemos convertido en una sociedad obsesionada con la rapidez, con el obtener todo de manera mucho más veloz. El concepto de Faster is better ha invadido todos los ámbitos de nuestra sociedad, desde la comida hasta cómo nos relacionamos con nuestro entorno.

¿No tienes tiempo para cocinar? Puedes pasar por un fast food. ¿Es poco saludable? Sí, pero eso no impide que cadenas internacionales como Mc Donalds sean las más exitosas en el mundo. Esto trae como consecuencia que, para satisfacer la demanda de “gente ansiosa y estresada por comer rápido”, se sobreexija toda la maquinaria de producción alimentaria: avicultores pensando en cómo hacer crecer más rápido sus aves y ganaderos pensando en cómo engordar más rápido sus vacas. Todo esto para tener un poco más de tiempo y ser más productivos. De esta manera, obtendríamos más dinero para consumir más y finalmente ser más felices. ¿Eso es cierto?

Quiero declararme en contra de todo esto. Considero que la velocidad con que uno asuma sus responsabilidades es un derecho y debe ser respetado. Por ejemplo, a mí me gusta comer lento (hasta con palitos), disfrutar de una prolongada sobremesa y que la digestión se extienda hasta terminar completamente una botella de vino.

En varios países se está promoviendo el concepto de slow food que tiene que ver con el hecho de cultivar, producir y cocinar comida respetando criterios medio ambientales de conservación de la biodiversidad. Esto coincide con la propuesta hecha por Carl Honré, quien en su libro In praise of slowness celebra que exista gente que esté desacelerando sus vidas, siendo más felices y más sanos, realizando una revolución de la lentitud.

En el fondo ir lento, casi siempre, tiene sus recompensas. Estoy seguro de que la tortuga, al darse cuenta que en esa segunda carrera ya no iba a ganar, decidió simplemente disfrutar del paseo. Tal vez nos falte eso: ir más despacio para que de esta manera podamos conectarnos con nuestros sentidos de una manera más profunda.

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